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En tiempos de anorexia y frecuentes anuncios de quirófanos orientados a la transformación estética de mujeres y hombres cualquiera queda sorprendido al tropezar con un altar al sobrepeso en Costa Rica.

La Chola, situada en la Avenida Central, entre las calles 2 y 4, de la capital tica, saluda a los transeúntes sin signos de complejos, con atuendos apropiados para su estatura y peso corporal y tal vez segura de cuanto alcanzó en estos años.

El mujerón de bronce, obra del artista tico Manuel Vargas, mide dos metros y 10 centímetros y pesa unos 500 kilogramos y es interpretada también como una reverencia a las personas de campo.

Algunos de los viejitos que suelen sentarse en los bancos cercanos a ella, tal vez esperando una señal de bonanza o un gesto de caridad en medio de las carencias que padecen, suponen que la doña tiene la mirada de quien busca algo.

Ninguno supo decirme cuándo la mujer llegó al lugar, pero sonrieron ante la cara de asombro que puse al constatar su presencia y conocer que algunos hasta la veneran.

Aunque muchos infantes se asustan al verla, resulta frecuente ver a quienes pasan saludarla, pararse frente a ella para escudriñar sus curvas o tomarse alguna foto, comentaron.

Tampoco faltan los que le dan la mano o la tocan sin disimulos por cualquiera de sus partes con gesto libidinoso o para mofarse de sus dimensiones.

Más ella les tiene paciencia y sigue expuesta con gesto tranquilo a la lluvia constante en tiempos de invierno, al rocío de las noches san josefinas y al sol veraniego.

Un tico entradito en años y jaranero dice que la mujer de bronce alcanza tanta calentura en el verano que hasta piropos le lanza a sus vecinos de avanza edad para contentarlos.

Durante el Festival de la luz la vi ataviada de collar y gorrito navideño, en otra ocasión quedé extasiada ante la cantidad de confeti que le habían regalado y hasta cierta envidia sentí de su suerte.

Dicen sus compañeros del diario que también durante el mundial de fútbol le encaramaron una bandera costarricense, como si ella se apuntara todo, al decir de los entrevistados.

La Chola es la “la doña del mae que está barriendo el Parque Central”, aseguró uno de ellos y el señalado sonrió como quien vive orgulloso de tener tal compañía en medio de tantas soledades.

El cuestionamiento a las probables intenciones del autor con su obra pasó de moda, pero álgido fue en sus inicios: en opinión de algunos, más que un monumento respetuoso a las gordas, esto era una burla.

Pero otra cosa suponen montones de personas, especialistas o no. No hay intenciones de ridículo en el trazado, ni en los gestos, ni en la mirada de la mujer de bronce.

Ella vino como muchas gentes de campo a probar suerte en San José y decidió quedarse a alegrar a quienes pasean por el centro tal vez en busca de otras oportunidades para su desarrollo.

Con eso, parece indicar su permanencia en el lugar, La Chola se siente retribuida. /ism

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