Tomado de El Nacional, de Tarija.

Por: Gustavo Espinoza.

Un diario aprista de reciente aparición tituló su edición del domingo pasado diciendo: Capriles, vino, vio y venció. En realidad, en estricto apego a lo realmente ocurrido, debió decir: Vino, vio y… se fue, porque eso fue lo que hizo el candidato conservador venezolano varias veces derrotado por el proceso revolucionario bolivariano que se consolida en su país.

Henrique Capriles Radonsky, fracasó en toda la línea cuando buscó llegar al mandatario peruano en procura de audiencia, o apoyo. Se equivocó por completo cuando creyó que aquí podría sucederle lo de Bogotá, donde fue atendido por el Presidente Santos. Pero no. Eso, no le ocurrió ni en el Chile de Piñera, donde el derechista Presidente de ese país, avergonzado, optó por invitarlo a su casa -como a cualquier amigo del barrio- y no al Palacio de la Moneda, donde se entrevista con Jefes de Estado y otros funcionarios oficiales. Aquí, debió conformarse con mucho menos, con una episódica e intrascendente visita de tercer nivel -un casi anónimo secretario de la Cancillería- que tomó nota de sus quejas y lamentos, a la par que le explicó que no había nadie más para atenderlo.

El Presidente peruano, por lo pronto, estuvo en el interior del país, en compleja zona en el departamento de Puno, acosado hoy por un fuerte friaje. Y convocó allí un Consejo de Ministros descentralizado como una manera de demostrar a todos que para él, era más importante interesarse por la salud de los pobladores del lugar; antes que escuchar los lugares comunes a los que recurre Capriles cuando alude a su derrota electoral de abril pasado y otras.

Desde un inicio la breve visita a Lima del político venezolano transcurrió sin fortuna. Al aeropuerto, apenas, fueron a darle la “bienvenida” dos gastados figurines de la picaresca criolla: Jorge del Castillo y Lourdes Flores Nano.

Como se recuerda, ellos impulsaron recientemente la creación de un organismo de fachada. Una suerte de Asociación de Enemigos de Venezuela, a la que con sorprendente sorna y sarcásticamente, llamaron “de amigos”. Pero los amigos de Venezuela, no estuvieron allí. Se concentraron más bien por decenas ante las puertas del lujoso Hotel Country para abuchear al recién llegado. Las pantallas de la tele no pudieron ocultarlo: se trataba de activistas de base del Partido Nacionalista que acudieron prestos a repudiar su estancia en nuestra patria.

El arribo Capriles a Lima, no tuvo afecto ni calidez. Fue, apenas, un gélido y protocolar encuentro en el marco de una brumosa e invernal mañana limeña. Después, no marchó mejor la cosa. Por el contrario, empeoró. Por eso su “recargada agenda” estuvo signada por un solo encuentro, con Alan García, quien -además de llamarlo con pueril huachafería “Presidente de Venezuela”- aprovechó para explicarle el tema de los narco indultos de los que debe dar cuenta, además de consolarlo; y un sinfín de ruedas de prensa y entrevistas “exclusivas” para distintos medios serviles al dictado del Imperio.

El odio de García contra Chávez, Maduro y Venezuela entera, es explicable. Lo llamó ladrón de cuatro esquinas y caimán de sucio charco, lo llamó el entonces Presidente Chávez. Debió reparar, por cierto, en que dichas expresiones no fueron adjetivas, sino sustantivas. No se refirieron a supuestas habilidades añadidas a un personaje, sino a elementos consustanciales de su personalidad. No fueron agravios, sino diagnósticos certeros, como los que podría hacerle un psiquiatra calificado. Su respuesta debiera ser no política, sino médica. Un oportuno tratamiento y una medicación elemental podría ayudarlo a entender el tema.

En todas sus presentaciones, el majunche llanero -una autentica piltrafa de la política latinoamericana- repitió lo mismo: había sufrido los efectos de un fraude, se consideraba el real Mandatario de su país, el sistema electoral vigente allí era inconfiable, y su movimiento se aprestaba a inscribir en agosto sus candidatos para la consulta electoral del próximo noviembre. Y luego, por supuesto, sus demandas al Presidente Ollanta Humala para que lo reciba, le conceda una entrevista, lo escuche, aunque fuera solo en su condición de Presidente Pro Témpore de UNASUR pero que, por favor, no le quite la escalera, cuando apenas si estaba colgado de una brocha.

Ya se lo hicieron antes, el pasado 18 de abril cuando también quiso venir a Lima para “ver más cerca” la Cumbre de UNASUR, esa que concluyera con una categórica declaración de apoyo al pueblo de Venezuela, de respaldo a su gobierno y de saludo a su presidente Nicolás Maduro. A Capriles lo dejaron colgado de una brocha. Pero no entiende. No le importó, por eso, siquiera el cúmulo de contradicciones que fluyeron desde allí: si el sistema electoral venezolano estaba programado para el fraude, cómo iban a participar ellos en nuevos comicios. Si UNASUR era “el nido del chavismo”, ¿cómo iba a pedir, entonces, que lo escuche?

En verdad que infantiles y lacrimosas fueron sus exigencias para ser recibido en Palacio de Gobierno. Y también, los reclamos de García y Lourdes Flores para que “por favor”, Ollanta Humala “se digne atenderlo”.

Todos sus pedidos, como las plañideras oraciones de ciertas beatas de los tiempos de la Inquisición, nunca fueron atendidos, lo que despertó una lloradera insoportable de “los medios de comunicación” al servicio de la Mafia. “Correo”, “Perú 21”, “El Comercio” y otros estuvieron al borde del soponcio y lamentaron quejumbrosos y ridículos la “afrenta”. Y seguirán así incluso en las próximas semanas -porque eso dura- desde Aldo M hasta Cecilia Valenzuela, pasando por Cayetana Aljovín y todos los agentes con los que el Imperio cuenta en nuestro suelo.

Legañosos y malhumorados, hablaron de “un desaire” el visitante, cuando en realidad hubiese sido un indebido e injustificable agravio al pueblo venezolano, recibirlo. Pero fueron más allá: mintieron descaradamente en el vano intento de confundir a la gente.

Dijeron, por ejemplo, que el acuerdo de UNASUR recomendando la auditoría al proceso electoral venezolano no se había efectuado, ignorando que sí, se realizó, y arrojó el resultado esperado por todos: confirmó los guarismos electorales del 14 de abril. Por eso, nadie insistió en el tema y hasta Washington se vio forzado a reconocer la autenticidad de los comicios que consagraron a Nicolás Maduro como el Jefe del Estado Venezolano. Los de aquí, en esa circunstancia, hicieron mutis en el foro.

Ante el desastre con el que terminó su visita, Henrique Capriles debió optar por irse a llorar a la otra esquina. Y es que casi no le quedan amigos por estos predios. Y, después de los comicios de noviembre en Chile, su soledad será aún mayor.

De retorno a Caracas, sin embargo, su reacción resultó francamente desoladora. No tuvo mejores ideas que -la primera- aplaudir el “modelo económico peruano” -que no es ni “modelo” ni “peruano”; es la receta que el que el Fondo Monetario administra a nuestros países para someter a sus pueblos-. Y comparar -la segunda- al Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, con el dictador Alberto Fujimori, hoy reo en cárcel condenado por la justicia peruana.

Debiera saber que los peruanos -agobiados por la crisis- luchamos por liberarnos de ese “modelo”, y que consideramos a Fujimori el verdadero impulsor del mismo. Lo impuso para servir mejor al capital financiero y se colocó a su sombra para enriquecerse y envilecer -al mismo tiempo- la vida de los peruanos. Bien mirada la cosa, eso es precisamente lo que el señor Capriles busca hacer en Venezuela. Haría bien en compararse él mismo, más bien, con el señor Fujimori orando, sin embargo, a raudales para no correr la misma suerte.