l histórico discurso “Yo tengo un sueño” de Martin Luther King, brindado el 28 de agosto de 1963, marcó un punto de inflexión para el movimiento por los derechos civiles que demandaba la igualdad para los afronorteamericanos. King habló ante más de 250 mil personas, al pie del monumento a Abraham Lincoln, en Washington DC.

Cuando, el 28 de agosto de 1963, Martin Luther King subió al podio, el Departamento de Justicia de John F. Kennedy estaba vigilando. Si alguien se apoderaba del micrófono para hacer declaraciones demasiado fuertes, se silenciaría al orador. Para prevenir esto, un funcionario estaba sentado al lado del sistema de sonido, con una grabación de Mahalia Jackson cantando “He’s got the whole world in his hands”, que se tocaría con el fin de aplacar a la concurrencia.

Medio siglo después de la Marcha de Washington y del famoso discurso “Tengo un sueño”, la situación ya ha pasado a la mitología patriótica de Estados Unidos. Sin embargo, relativamente pocos saben o recuerdan que el gobierno de Kennedy intentó que los organizadores del evento lo cancelaran; que el FBI intentó disuadir a la gente de que concurriera; que senadores racistas intentaron desacreditar a los líderes; o que buena parte de los estadounidenses tenía un punto de vista negativo acerca de quienes apoyaban la marcha.

Así, la famosa movilización no se recuerda como un momento de implosión de las diferencias de una masa multirracial, sino como una fiesta technicolor al estilo Benetton, lo que puede ser entendido como el ejemplo del avance incesante de la nación hacia sus ideales fundacionales.

nidos a un hecho anecdótico que narra los avatares de una época pasada. Por ende, en el quincuagésimo aniversario de “Tengo un sueño” las preguntas que se imponen son “¿el sueño se ha convertido en realidad?” o “¿Obama representa la realización del sueño de King?”. La breve respuesta a ambos interrogantes es un claro “no”.

Cualquier intento serio de discutir acerca del legado de “Tengo un sueño” debe comenzar con el reconocimiento del modo en que interpretamos actualmente los temas planteados en ese entonces. Y tal vez el mejor modo de comprender cómo se entiende ese discurso sea considerar la transformación radical de actitudes hacia el hombre que lo expresó. Antes de su muerte, King estaba en vías de ser un paria. En 1966, la mitad de los estadounidenses tenía una opinión desfavorable sobre él. Pero, treinta años después, ya había pasado de la ignominia a ser un ícono. En 1999, una encuesta de Gallup reveló que King estaba prácticamente al mismo nivel que Kennedy y Albert Einstein como una de las figuras públicas más admiradas del siglo veinte entre los estadounidenses.

Ahora bien, esta evolución arroja alguna luz sobre cómo se interpreta hoy el discurso por el que más se lo conoce a King. Obtenida a través de marchas masivas, desobediencia civil y activismo popular, la aceptación de King por parte del país provino principalmente de la de que la segregación debía terminar. De esta manera, cuando los estadounidenses blancos se dieron cuenta de que su rechazo a King era una pérdida de tiempo, lo apoyaron porque no tenían otra opción. Por lo que la única pregunta que queda por plantearse es qué versión de King merece ser honrada.

Con seguridad, recordarlo ahora como un líder que buscó una mayor intervención del gobierno para ayudar a los pobres o que tildó a Estados Unidos de ser “el mayor proveedor de violencia en el mundo”, como lo hizo en la Iglesia Riverside en 1967, sería sacrificar la posteridad por la exactitud. Esos temas continúan vivos, divisorios y urgentes. Pero recordarlo como el hombre que habló elocuente y enérgicamente contra la segregación lo presenta como una figura coherente cuyos principios rescataron a la nación en un momento de crisis. “Su discurso fue profunda e intencionalmente malentendido”, dice Vincent Harding, amigo de King de toda la vida, quien preparó el borrador del discurso de la Iglesia Riverside. “La gente no está preparada para afrontar realmente el tipo de temas que King planteó durante su vida”, agrega. Asociarlo con ellos no lo elevaría de lo común, sino que lo insertaría en éste, dejándolo en una posición tan controvertida en la muerte como la tuvo en vida.

De esta manera, el país optó por recordar una versión de “Tengo un sueño” que socava el legado de King, ya que se evitan sus referencias explícitas a los límites que imponía una solución netamente legal de la discriminación racial, y sus dichos acerca de la necesidad de imponer reformas económicas para enfrentar las desigualdades que padecía una población considerada, por siglos, como de segunda categoría.

El legado en discusión

En este sentido, cuando se trata de evaluar el contenido político del discurso, la distinción entre segregación y racismo es crucial. En la medida en que las palabras de King se refiriesen a finalizar con la segregación legal, el sueño se vería realizado. Los carteles de “sólo blancos” se retiraron; las leyes se sancionaron. Desde 1979, Birmingham y Alabama sólo han tenido gobernantes negros. Si el mero hecho de ser negro y no el legado histórico del racismo fue la única barrera al progreso económico, social o político, éste ya fue oficialmente eliminado.

Pero en la medida en que el discurso haya sido acerca del racismo, se puede afirmar con igual solidez que su concreción es aún remota. Sin ir muy lejos, la tasa de desempleo de los negros es casi el doble que la de los blancos; el porcentaje de niños negros que viven en la pobreza casi triplica al de los blancos; la expectativa de vida de un varón negro en Washington DC es menor que en la Franja de Gaza; uno de cada tres muchachos negros nacidos en 2001 enfrenta el riesgo de ir a prisión en el transcurso de su vida; más hombres negros fueron privados de sus derechos en 2004 debido a actos delictivos que en 1870, el año en que la Quinta Enmienda aseguraba su derecho a voto. El discurso de King era claramente más sobre el racismo que sobre la segregación.

Al evitar la distinción entre ambos conceptos -o malinterpretarlos intencionalmente- es posible considerar al racismo como una aberración del pasado. Y de esta manera las vastas y perdurables diferencias en las posiciones esenciales de negros y blancos pueden ser comprendidas como el error de individuos y no como consecuencia de una exclusión económica y política en curso. Sólo entonces el énfasis en una sola línea de su discurso, en la que King aspiraba a ver nuevas generaciones que “no serían juzgadas por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter”, cobra sentido.

King ha sido utilizado y su mensaje distorsionado. Llevarlo a un lugar de mascota patriótica que elogiaba el camino incesante e inevitable de Estados Unidos a un mundo mejor a menudo irrita. Es inimaginable que, si King se levantara de su tumba y mirase las cárceles de Estados Unidos, las filas de desempleo, los comedores comunitarios o las escuelas de los suburbios, pensara que su misión se ha cumplido. Ni tampoco hay algo que sugiera que este punto de vista se vería demasiado alterado por la presencia de un negro en la Casa Blanca. La idea de que la elección del presidente Barack Obama tiene alguna conexión con el legado de King posee cierta sustancia. Como Obama mismo a menudo reconoce, su ascenso al poder no habría sido posible sin el movimiento de derechos civiles, que sentaron las condiciones que permitieron la llegada de una nueva generación de políticos negros. Pero el propósito del movimiento de derechos civiles era equidad para todos, no el ascenso de uno. Es cierto, no se puede negar el valor simbólico de elegir un presidente negro. Sin embargo, es un hecho que los afronorteamericanos no están mejor materialmente como resultado de esto. Para peor, la brecha económica entre negros y blancos ha crecido bajo su mandato. El ascenso del primer presidente negro de Estados Unidos ha coincidido con el descenso del estándar de vida de los estadounidenses negros. No se deben desdeñar los símbolos, pero tampoco deben ser sobrevalorados.

Utopía

En el análisis final, preguntarse si el sueño de King se ha visto cumplido es malinterpretar tanto sus políticas generales como la ambición específica de su discurso. King no era la clase de activista que perseguía sólo una agenda con fines demarcados. El discurso en general y la secuencia del sueño en particular son utópicos. En medio de una pesadilla, King soñó un mundo mejor donde las equivocaciones históricas se hubiesen corregido y el bien prevalecía. Es por ese motivo que el discurso significa tanto, y por lo que creo que, en términos generales, ha superado el paso del tiempo.  Sin embargo, la presencia de ideas utópicas nos deja sin un centro ideológico y moral claro y, por lo tanto, enfrentando un vacío en el que la política se ve privada de todo potencial liberador y nos reduce a sólo lo que es viable en cualquier momento dado. En el verano de 1963, con una ley de derechos civiles pendiente y la población blanca irritada, King podría haber limitado su discurso a algo inmediatamente obtenible y pragmático. Podría haber presentado un plan de diez puntos, expuesto las bases para una legislación más dura o los fundamentos para nuevas campañas de desobediencia civil en el norte. De esta manera, se podría haber limitado a un llamado a lo que era posible en un momento en que lo que era posible y pragmático no era ni satisfactorio ni sostenible.

En cambio, volvió a las gradas. Sin saber si la construcción del mundo que describía era una tarea de Sísifo o sólo de Hércules, se lanzó en el desierto político, esperando que su voz fuera algún día oída por aquellos con el poder de actuar. Si nadie soñara con un mundo mejor, ¿por que valdría la pena despertarse?

Traducción: Jorge Reparaz

Copyright: The Nation

Fuente: http://www.revistadebate.com.ar/?p=4643