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Comprendemos el enorme significado que Hugo Rafael encarna para el pueblo venezolano y su proceso, para los pueblos de Latinoamérica, el Caribe, África y Asia.

A veces la política obliga a guardar silencio, a no pronunciar las palabras que se sienten madurar al interior de nosotros, porque intereses más altos y probables repercusiones en contra obligan a la prudencia. Sobre todo cuando se roza con la agresividad de enemigos tan poderosos, capaces de desatar todo el poder de su intolerancia y ocasionar mucho daño.

Pero también hay momentos en los que cualquier consideración de ese tipo debe quedar a un lado. Que hablen, que digan lo que les venga en gana, que se agarren de una frase, de un verbo, de una palabra de afecto para alborotar cuanto quieran. Momentos en los que la decencia, la higiene moral, la solidaridad, el afecto y la sinceridad tienen derecho a expresarse.

Por eso abro paso a mi alma para que fluya el intenso dolor,  su honda preocupación, la más sentida esperanza por la salud y vitalidad del compañero, camarada y Presidente de República Bolivariana de Venezuela, Coronel Hugo Rafael Chávez Frías.  Mi condición de revolucionario, de latinoamericano, de colombiano, de guerrillero de las FARC-EP me mueve a hacerlo.

Hugo Chávez es un hombre de dimensión mundial, un referente inequívoco para los pobladores de cualquier continente, pero sobre todo un paradigma, un símbolo, un ejemplo, una voz de aliento para todos los pobres y explotados del planeta. Su grandeza no estriba en la fuerza militar o la riqueza del país que dirige, sino en el amor a su pueblo y a la causa de la justicia.

En haber sacado adelante un proyecto de dignificación de su patria, que la puso a caminar por senderos distintos a los fijados por los poderes dominantes de gran capital transnacional, en haberse atrevido a apostar a la causa de la construcción del socialismo, en momentos en que la unipolaridad devastadora y criminal del Imperio se creía la única verdad posible.

El imperialismo y las oligarquías que dominan las diferentes naciones, particularmente a Colombia,  no ocultan su felicidad por la tragedia que padece el Presidente venezolano. Todos a uno permanecen a la expectativa del soñado desenlace final que saque de en medio a un rival tan formidable. Cómo se frotan las manos y preparan sus hipócritas notas fúnebres.

Cuentan con sus periódicos, sus revistas, sus grandes cadenas radiales y televisivas, sus múltiples  sitios en el ciberespacio, para entorpecer y anular el entendimiento de los pueblos. Pocos hombres públicos han despertado tal coro de infamias y calumnias en su contra como el Presidente Chávez. Todas resbalan miserables al asfalto sin manchar su silueta impermeable.

Se cansaron de hablar del supuesto eje La Habana, Caracas, FARC, porque sencillamente la limpieza de cada una de esas causas hacía imposible la misión de aplastar a las tres juntas. Nosotros no podemos negar la admiración y el afecto que sentimos por Hugo Chávez, como no podemos negar los mismos sentimientos hacia Fidel Castro, Che Guevara, Jorge Eliécer Gaitán o Simón Bolívar.

Como no podemos dejar de llamarnos hijos de Manuel Marulanda Vélez y Jacobo Arenas. Hay seres capaces de iluminar de tal manera su entorno, de inspirar a generaciones enteras a actuar contra toda adversidad a fin de materializar sus sueños. Seres de talla monumental, auténticos titanes frente a los cuales los más soberbios entre los amos solo parecen gusanos.

Y Chávez es indudablemente uno de ellos. Un guerrero de la talla de Espartaco, de Viriato, de Jesucristo, del inmortal Guaicaipuro, de los negros Miguel o Biojó, de Miranda, Bolívar o Sucre. Un coloso que como todos los nombres mencionados, deriva su fuerza del apoyo cerrado de enormes multitudes que lo eligieron líder. Humanamente, civilizadamente, es de lejos un héroe real.

Sé que la canalla saldrá de inmediato a afirmar que lloramos por Chávez porque sabemos que su ausencia significará la pérdida de sus apoyos de toda índole a nuestro proyecto. Pobres imbéciles. Sus juicios derivan de su pérfida condición moral. Piensan de verdad que sólo puede sentirse amor  por quien suministra dinero. Que sólo se quiere a lo que proporciona ganancias. Así ven ellos todo.

Somos revolucionarios, de la más pura estirpe. Creemos en la solidaridad y el internacionalismo proletarios. Comprendemos el enorme significado que encarna Hugo Chávez para el pueblo venezolano y su proceso, para los pueblos de Latinoamérica, el Caribe, África y Asia. Reconocemos la importancia de su voz en todos los escenarios globales.

Sabemos que todos los seres humanos pobres y explotados de cualquier rincón del tercer mundo, se sienten bien representados por él, que su discurso antiimperialista, socialista y democrático reproduce los sueños del ochenta por ciento de la humanidad, que mira horrorizada como el otro veinte por ciento se adueña del ochenta por ciento de la riqueza que todos ellos crean.

No hemos conocido ningún gesto, por mínimo que sea, de la vida pública del Presidente de Venezuela, que pueda interpretarse como una traición a su pueblo o a los demás pueblos del mundo. Supimos de él cuando encabezó el golpe del 4 de febrero contra los planes de ajuste del Fondo Monetario Internacional que hundían a sus conciudadanos en el hambre y el desespero.

Reconocemos su sensatez y firmeza a la hora de la derrota, como aprendimos con curiosidad a desentrañar su discurso patriótico y bolivariano al salir de la prisión. Lo vimos elegido Presidente en contra de todos los poderes económicos. Aplaudimos cuando su pueblo se lanzó a la calle a reclamar su regreso tras el golpe de abril y cuando venció el sabotaje petrolero.

Sabemos que ninguno de los Presidentes, de ninguno de los países dominados por la burguesía, puede igualar el número de elecciones populares convocadas por Chávez, en las que  limpiamente su pueblo le ha dado respaldo. Gozando la oposición de derechas, apoyada por el imperialismo, de todos los derechos que ninguna burguesía concede a los movimientos populares en sus países.

No estoy escribiendo aquí para hacer un  obituario. Desde lo más profundo del corazón deseo una pronta y exitosa recuperación de Chávez. Lo que no disminuye mi alarma ante la franca declaración de la Vicepresidencia venezolana. En realidad deseaba expresar mi solidaridad con Venezuela, mi devoción por su Presidente, mi fe en su victoria, enviar mi abrazo hermano desde estas montañas.

¡Viviremos y venceremos, Chávez! Todos te queremos, y desde ya podemos decir que triunfamos.