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Por Mauricio Irujo
José Martí, uno de los más grandes intelectuales latinoamericanos de siempre, dijo alguna vez: «Déme Venezuela en qué servirla. Ella tiene en mi un hijo». Fueron las palabras del más grande admirador de Simón Bolívar, el mismo que lloró ante la estatua del Libertador, en Caracas, apenas llegado al país.
Y Venezuela necesita hoy de ayuda, de aquellos intelectuales –de cualquier lugar- dispuestos a poner el hombro con su pueblo y su gobierno para continuar adelante con los proyectos y transformaciones iniciados por Hugo Chávez hace casi dos décadas. No necesita Venezuela de aquellos consejeros baratos, que desde cómodas posiciones y fortunas cuantiosas sugieren cambios que ni ellos mismos entienden.
Desde que se iniciaron las manifestaciones fascistas, como las llamó el presidente venezolano, Nicolás Maduro, un grupo numeroso de actores, cantantes, figuras de la farándula, la mayoría asentados en Estados Unidos o dependientes de sus canales de televisión, se manifestaron de una forma u otra contra la revolución bolivariana, como si la culpa de lo que acontece en Venezuela fuera del gobierno, preocupado, más que nada, en satisfacer las demandas de la población.
Unos piden el cese de la violencia. Otros sugieren respeto a los derechos humanos. Algunos aconsejan los pasos futuros a seguir o simplemente se limitan a criticar al gobierno constitucionalmente electo hace poco menos de un año.
No. No necesita Venezuela de esa ayuda. Necesita que esos profesionales vayan al país y conozcan su realidad, como le pidió Maduro al cantautor y político panameño Rubén Blades, uno de los primeros en pronunciarse sobre los sucesos en el país.
Blades, quien se hizo famoso hace tres décadas con el disco Siembra, en algunas de cuyas canciones denunciaba el injerencismo estadounidense en la región, rechazó la invitación del mandatario en una extensa carta de la cual se hicieron eco numerosos medios de prensa. Pero no hizo alusión alguna a la causa de los conflictos, de la violencia, a los vínculos de la derecha venezolana –léase Enrique Capriles o Leopoldo López- con Estados Unidos, como reveló Wikileaks.
Ni el autor de Tiburón o Pedro Navajas, ni ninguno de los otros intelectuales se preguntó porque la derecha esconde los alimentos en Venezuela y qué persiguen con esa estrategia, se limitan solo a comentar a partir de lo que le llevan las grandes cadenas de televisión, algunas de dudosa reputación desde hace años, por su empeño en ayudar a subvertir el orden en aquellas naciones donde algún gobierno progresista llegó al poder.
Venezuela necesita de intelectuales como Martí, dispuestos a echar pie a tierra con su pueblo, con los humildes, en busca de una sociedad mejor, no aquellos que abogan porque se le abra paso otra vez a las privatizaciones, al neoliberalismo, a la pobreza. Claro, esos que se manifestaron por ahí distan mucho de la altura del Héroe Nacional cubano, por supuesto.