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POR JULIO SUAREZ.

usa_asesinaLos hechos de violencia con claros fines desestabilizadores que se producen en estos días en la hermana República Bolivariana de Venezuela, lamentablemente “no son una novedad” en varios sentidos de la expresión.

En lo que respecta específicamente a Venezuela, no es el primero y lamentablemente no será el último. Los sectores oligárquicos tradicionales que alternaron en los gobiernos de los partidos COPEI y AD a la salida de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez por medio del llamado “Pacto del Punto Fijo”; y luego de las consecuencias nefastas de la aplicación de la estrategia neoliberal que tuvo su punto más alto de enfrentamiento popular hace 25 años en el llamado “caracazo” de 1989, no soportan haber quedado marginados de la vida política nacional.

Ambos viejos partidos desaparecieron del escenario político y hoy la derecha se ubica en más de una expresión electoral que aún aglutinada ha perdido 18 de 19 convocatorias electorales (entre elecciones y plebiscitos) en los últimos quince años; desde el triunfo del gobierno popular con el Cdte. Hugo Chávez Frías al frente, hoy continuado por Nicolás Maduro en la Presidencia.

La violencia con propósitos desestabilizadores fue practicada en varias instancias y con distintos estilos: desde las concentraciones en la Plaza Altamira, el golpe de Estado “petrolero” del año 2002 que duró 48 horas, pasando por las “guarimbas” (violencia callejera) en ocasión del triunfo de Nicolás Maduro por estrecho margen en las pasadas elecciones presidenciales. Ya luego del duro e incontrastable revés sufrido en las urnas en las elecciones departamentales que hizo inútil cualquier intento de no reconocimiento de los resultados, había que buscar otra excusa “por fuera del calendario electoral”; ya que para convocar a un eventual referéndum revocatorio del mandato presidencial, había que esperar que hubiera transcurrido la mitad del mismo y eso, para la derecha vernácula y sus mandantes de fuera de fronteras, implica esperar demasiado tiempo. Y entonces “surge espontáneamente” la protesta de sectores estudiantiles. Prestamente se pone en marcha un gran operativo mediático por parte de los grandes medios de comunicación locales y las cadenas internacionales, secundado por declaraciones de distinta intensidad “preocupación por la situación y llamado al respeto de los DD HH” efectuadas en coro por algunos gobiernos (Cancillerías, Presidentes) afines al Departamento de Estado de los EUA y a su Presidente quienes con sus tempranas expresiones “dieron el tono” a los coristas (no es cuestión de desafinar…). Sobre este “método” volveremos más adelante.

Causalidades y no casualidades

Sería un error analizar los hechos de desestabilización en Venezuela aislados de otros de similares características. Hoy más que nunca el planisferio se ha convertido en un elemento auxiliar indispensable de cualquier análisis político.

Estamos ante una nueva contraofensiva del imperialismo motivada por dos tipos de causas: endógenas y exógenas.

Las endógenas motivadas por las propias contradicciones del sistema capitalista entre una producción cada vez más social y una apropiación de las ganancias cada vez “más privada”, en menos manos y con una mayor extracción de plusvalía como paliativo al descenso general de la tasa de ganancia; que lo enfrentan a una nueva crisis cíclica (cada vez más profunda), que obliga a los llamados países centrales a adoptar las mismas políticas neoliberales que nos recetaron ellos y los organismos internacionales de crédito a su servicio a los países de nuestro continente en la década de los años 90; con su conocido repertorio de privatizaciones, la consecuente reducción del Estado y despido masivo de sus funcionarios  y los severos recortes de los beneficios sociales que otrora podían operar como amortiguadores de la crisis social.

Las exógenas conformadas fundamentalmente por los procesos de avances políticos de muchos pueblos que mediante gobiernos de corte progresista, ponen sobre el tapete nuevamente su derecho soberano de decidir sobre sus recursos naturales y a delinear una política exterior independiente e integrada a los pueblos hermanos de la región.

La combinación de ambas causales, determina la necesidad para los EUA de llevar adelante una contraofensiva que le asegure la continuidad de su hegemonía y trata para ello de asegurarse a toda costa los minerales y las reservas de energía que le son estratégicas.

A esto hay que sumarle el clásico doble papel que juega el complejo militar – industrial como válvula de descompresión en coyunturas de crisis capitalistas y asimismo como medio de reparto de las zonas de influencia en el mundo. Así lo fue abiertamente en las dos guerras mundiales del siglo XX y en forma soterrada e indirecta luego de la Segunda Guerra Mundial en la llamada “guerra fría” contra la URSS y los países socialistas del Este de Europa y ahora en el posicionamiento ante Rusia y China.

El “cómo”, ya no es uniforme

El móvil de la contraofensiva – como hemos visto – sigue siendo el mismo desde hace décadas; no así en el presente la metodología para llevarla adelante en todos los casos.

A lo largo del siglo XX los métodos habituales de la ofensiva imperialista (británica y estadounidense, sucesoras de las ocupaciones territoriales de los países colonialistas) para mantener sus privilegios consistieron en golpes de Estado de militares formados como brazo ejecutor a su servicio que contaron además con la servil complicidad de las burguesías nativas.

Estas dictaduras pro imperialistas se dan a partir de los primeros años de la década de los 50 en Guatemala e Irán y luego se suceden en las de los 60 y 70 en todo nuestro continente.

Resulta claro que sin ellas no hubiese sido posible derrotar a los movimientos populares en alza e instaurar la estrategia global imperialista neoliberal (el caso de Chile es paradigmático al respecto).

Hoy, con un panorama de ascenso del movimiento popular expresado en la existencia de gobiernos de corte progresista y de izquierda en la mayor parte de América Latina y el Caribe, la estrategia que se aplica, de hecho ya no puede ser la misma para cada circunstancia y lugar.

En países donde los movimientos sociales, sindicatos y partidos políticos de la izquierda no tienen el grado de desarrollo suficiente, aplican “la vieja fórmula”, como en Honduras y Paraguay.

De lo contrario buscan una táctica de “traje a medida” que mejor se adapte a la coyuntura imperante en el país en cuestión.

La agenda del intervencionismo

En ella los objetivos a corto plazo están claramente determinados por la necesidad de asegurarse las fuentes de petróleo y gas. Fue y es el motivo fundamental de la presencia de los EUA y sus aliados de la OTAN en el Medio Oriente. Ayer Irak y Libia, luego la llamada “primavera árabe”; hoy van por Siria, Ucrania, Irán y Venezuela (sin olvidar el intervencionismo francés en Mali o la República Sudafricana).

Debemos señalar que como todo proceso no hay secuencias “lineales”. Por el contrario varios intereses y objetivos con “tempos” diferentes se entrelazan en un mismo proceso. Por ende no podemos separar los objetivos inmediatos arriba señalados con otros de más largo plazo como lo son el aislamiento de Rusia y de China. Los acuerdos impulsados por los EUA para la instalación de nuevas bases militares en distintos puntos del planeta apuntan a este objetivo. Asimismo el conflicto en Ucrania cumple este doble propósito; incluyendo además el conflicto de Crimea, llave de tránsito para la base de la flota rusa del Báltico.

Los “golpes de Estados suaves” y sus fases, o “busque las cinco semejanzas”

¿Qué puede tener de común la llamada “primavera árabe” con la situación de guerra en Siria, o los disturbios en Ucrania o Venezuela?

El común denominador ha sido, es y posiblemente siga siendo (habrá que estar atentos a la situación poselectoral en El Salvador) la estrategia del llamado “golpe de Estado suave” ideada por Gene Sharp, politólogo estadounidense, en un ensayo titulado “De la dictadura a la democracia” publicado a fines de los años 90 del siglo pasado. En él formula la tesis de que las guerras de intervención convencionales ya no son eficaces por sus altos costos económicos y políticos y que se debe dar paso a una nueva estrategia, en la que detalla 198 métodos para provocar estos golpes de Estado “suaves”; pero que en resumen, tienen como común denominador una secuencia de cinco fases escalonadas a saber:

  1. “ablandamiento” – promover corrientes de opinión de descontento sobre temas deficitarios del gobierno, sean reales o ficticios, potenciadas por rumores sobre corrupción que generen una sensación de malestar.
  2. “deslegitimación” – campaña “por la libertad de prensa y los DD. HH.”, acusando al gobierno de ser totalitario, trabajando sobre prejuicios anti – comunistas sean éstos latentes o manifiestos en la población.
  3. “calentamiento de calle” – conflictos y movilizaciones que globalicen y unifiquen las demandas políticas y sociales, generalizando la protesta y si es posible que la misma culmine con toma de edificios y oficinas públicas.
  4. “combinación de formas de lucha” – organización de marchas y tomas de oficinas que sean emblemáticas, que creen la sensación de ingobernabilidad. A su vez sembrar rumores que tengan por objetivo la desmoralización de los organismos de seguridad.
  5. “fractura institucional” – se mantienen las movilizaciones de presión en las calles, y se toman instituciones. Se promueve el aislamiento internacional del presidente y se obliga a su dimisión. Se pasa a una etapa de guerra civil, preparando la intervención militar “que ponga orden en ese caos institucional en salvaguarda de las víctimas civiles”

En toda esta escalada, los grandes medios masivos internacionales de la comunicación – más bien de la desinformación –  juegan un rol preponderante. Las fotografías de disturbios y represión de manifestantes presentadas como pertenecientes a la actualidad venezolana, correspondiendo en realidad a otros lugares y en fechas anteriores, son un claro ejemplo de este “frente de guerra mediático”.

América Latina y el Caribe: ese dolor de cabeza…

Desde la reconquista de la democracia y en particular a partir de finales de los años 80, las fuerzas políticas y sociales de izquierda fueron ganando terreno y obteniendo triunfos electorales que le permitieron acceder a gobiernos de ciudades y departamentos para luego alcanzar gobiernos nacionales.

Con ellos comenzaron a revertirse las nefastas políticas de corte neoliberal, hasta llegar a la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata en el año 2005, en donde se enterró definitivamente al ALCA.

El proceso de integración autónoma de la región se va afianzando con la creación de organismos como el ALBA – TCP en el año 2004, la UNASUR en el año 2008 y luego la CELAC el 23.02.2010; ámbitos políticos que no cuentan con la presencia de los EUA y Canadá.

Los EUA tratan de crear un contrapeso a este proceso alentando la creación de la Alianza del Pacífico en el año 2011, que nuclea como miembros plenos a Colombia, Chile, Perú, México; todos ellos países firmantes de TLCs con los EUA.

Pero lo que sacó de quicio definitivamente al Departamento de Estado ha sido la realización con todo éxito de la Cumbre de Presidentes de la CELAC en La Habana  el 28 y 29 de enero de este año. Tanto por la masiva presencia de Presidentes, como por los contenidos de los documentos aprobados, esta Cumbre se constituyó en un sonado éxito para el gobierno de Cuba en tanto anfitrión como para la CELAC en su conjunto, fortalecida en su institucionalidad.

En síntesis: a 50 años del bloqueo, “el aislador quedó aislado” y en mayor evidencia que nunca.

A esto hay que sumarle una nueva derrota política en el seno de la OEA reunida la pasada semana para tratar los hechos violentos que se suceden en Venezuela. La declaración final – aprobada por amplísima mayoría, con sólo cuatro votos en contra – reafirma la necesidad del diálogo pero dejando en claro el apoyo a la institucionalidad democrática que reviste el gobierno legítimamente electo del Presidente Nicolás Maduro.

En definitiva todos los organismos regionales se han manifestado en similar tenor. Cabe señalarse que sólo la Alianza del Pacífico se mantuvo en silencio, sin emitir pronunciamiento alguno.

Algunas pocas conclusiones y advertencias

Apenas habiendo enumerado sólo algunos de los variados y complejos elementos que constituyen esta coyuntura, podemos al menos enunciar y proponer como elementos que coadyuven al análisis y el debate en el seno de la izquierda, algunas consideraciones en titulares:

El avance electoral logrado por las fuerzas de izquierda y progresistas culminado en la conquista de gobiernos estaduales y nacionales sin que se produjeran golpes de Estado como respuesta al mismo, puede haber creado en muchas compañeras y compañeros una serie de falsas premisas o visiones, como que:

  • tanto la lucha de clases como el imperialismo han dejado de existir; o que al menos ya no se compadecen con la concepción marxista “clásica”.
  • Los EUA se han “desinteresado” de nuestro continente en tanto su patio trasero.
  • Los procesos de cambio no tienen vuelta atrás y podrán seguirse legitimando en tanto continúen los triunfos en las urnas.

Por todos los casos arriba enunciados, queda inequívocamente planteado que el imperialismo en tanto fase actual del sistema capitalista, sigue existiendo y goza de muy buena salud. Lo mismo respecto a la lucha de clases en tanto motor del devenir histórico.

Sólo una lectura esquemática y empobrecedora – cual catecismo o recetario – que confunda la esencia de los postulados teóricos del materialismo dialéctico e histórico con las formas concretas y cambiantes en que ésta se expresa en cada momento histórico y en cada sociedad, puede llevar a la errónea conclusión de que están perimidos en tanto herramienta de análisis y transformación de la realidad presente.

En definitiva tenemos que tener claro que ante todo avance multiforme de los pueblos en pos de su liberación, tendremos una feroz contraofensiva del imperialismo; una reacción que se manifestará en las más variadas formas en el marco de la lucha de clases, con el objetivo de impedir a cualquier costo la pérdida de sus privilegios acumulados.

La historia nos enseña que los logros liberadores de los pueblos no se alcanzan de una vez y para siempre. Por el contrario hay que bregar todos los días sin desmayo, para que los mismos se profundicen en sus alcances; única forma de lograr que se consoliden a lo largo de un proceso de acumulación de fuerzas que no se agota en nuestras fronteras nacionales; sino que por el contrario se juega su futuro en el terreno de la integración regional.

Para ello es menester dar un salto en calidad en el proceso de integración; tomar el impulso del actual proceso de integración política para que nos conduzca hacia el de la integración productiva, económica y social; base material de una auténtica soberanía de nuestros pueblos.-