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Ruben Montedónico

 Desde hace un tiempo han surgido y crecen  voces que señalan que el camino de la integración regional, el bienestar, el crecimiento y el progreso vienen de la mano de la conjunción del Mercosur con la Alianza del Pacífico.

Lo cierto es que cuando se dice “crecimiento”, esto opera como promotor de juicios taxativos en el empresariado, que piensa hacer grandes negocios, lo que conduce a que sus mass media den paso a campañas que intentan imbuir al público de sus expuestas bondades. Lo condenable es la generación de confusión cuando “crecimiento” no implica “desarrollo”. Es factible que en primeras etapas el crecimiento económico suponga mejoras en la calidad de vida, pero sólo por un tiempo: se puede y debe asegurar que el crecimiento que se sustenta nada más en el consumo no genera desarrollo ni eleva los índices de progreso humano.

En los últimos tiempos, teniendo en consideración la debilidad notoria de la mayoría de los integrantes del Mercosur, algunos cambios y situaciones políticas que los afectan, a lo que se suman los malos guarismos económicos, donde el comercio tiene un papel sobresaliente por sí y por sus voceros, junto con la caída del precio de las materias primas, afloraron las intenciones de los gobiernos de acercarse con fines de incorporación a la Alianza del Pacífico. Hubieron declaraciones junto con viajes, reuniones y consultas casi a diario para todos los gustos.

Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, indica: ”La situación actual enciende luces preocupantes. Los gobiernos neoliberales en el continente -como el de Argentina- quieren dejar de lado el Mercosur para establecer acuerdos de libre comercio con la Unión Europea, ingresar en la Alianza para el Pacífico y aceptar el Tratado Trans-Pacífico (TPP) que promueve EE.UU.; en suma, pretenden desenterrar el ALCA”.

Agrega que “estos tratados conspiran contra toda política soberana de nuestros pueblos, dado que proponen una integración asociada a las transnacionales, que son ampliamente favorecidas con la liberalización de las transacciones comerciales y financieras”. Remata afirmando: “Para estas políticas neoliberales, el trabajo es una mercancía y por lo tanto un costo a minimizar”. Lo real hoy es que la economía mundial está inmersa en una crisis profunda y no ofrece salidas seguras, mínimamente eficaces y duraderas. En lo que respecta a América Latina, la pendiente de los últimos dos años de las materias primas se mantiene no halagüeña y -en este caso-, la responsabilidad principal de las soluciones la deberán dar los gobiernos progresistas, entendiendo que no basta rechazar prácticas neoliberales en los discursos, sino elaborar un curso independiente, de conjunto con los trabajadores organizados.

Para estos momentos, debe recordarse que en principio la propuesta del Mercosur era la de una zona de libre comercio que alcanzara, en su evolución, un espacio aduanero común. Una perspectiva pasado un cuarto de siglo de su constitución, recuerda que en los primeros años del nuevo siglo hubieron países sudamericanos que iniciaron un “tiempo progresista” que, al extenderse, dio la idea de que no sólo se le daba proyección filosófico-política a la integración sino que ésta sería la resultante de reales (e imaginarias) coincidencias, fortalecidas al desechar la idea panamericanista del ALCA pretendido e impulsado por Washington.

 Sin embargo, esa radical coincidencia que hizo fracasar el súper proyecto neocolonizador sin bandera no profundizó en un proyecto de desarrollo común y cada integrante atendió a sus propias urgencias y realidades. De ahí que -como bien recuerda José Manuel Quijano- dieron como resultante abrir espacios de competencias “con sus respectivos regímenes de incentivos para atraer inversión extranjera, y ahí emerge uno de las debilidades notorias de la inserción conjunta en la economía global”.

Una queja frecuente de la cual los economistas del Mercosur suelen tomar nota es que con sus respectivas conducciones económicas los gobiernos progresistas demuestran desdén por generar niveles superiores de integración al imponer condicionantes a la circulación de la producción mediante cuotas o trabas con restricciones no arancelarias.

Dicho lo anterior, observemos un poco a la Alianza del Pacífico, hacia donde quieren llevar a los países que miran al Atlántico.

El grupo fue creado en 2011 y lo componen  México, Colombia, Perú y Chile y su naturaleza es la de promover el libre comercio y la libertad empresarial (nacional y sobre todo, extrarregional) que inicialmente compitió con el Mercosur y ahora trata de atraer a ese conjunto que –con todos sus dificultades, inconsistencias y luchas intestinas- es la quinta economía internacional. Esta unidad del Pacífico es parte de la prédica y la acción estadounidense en el continente que dio inicio hace, también, un cuarto de siglo, con la atracción de Canadá a su estilo productivo y luego con la incorporación mexicana a través del instrumento tripartito denominado Tlcan o Nafta.

A los efectos de los objetivos mundiales estadounidenses, recordemos que Chile, Perú y México son parte del TPP, el que -sin embargo- no incorporó a China y tampoco a Rusia.

A las acciones de aproximación al Pacífico protagonizadas por Mauricio Macri,  su canciller –Susana Malcorra- y Horacio Cartes, se suma ahora el ministro de Relaciones Exteriores del gobierno interino de Brasil. Las declaraciones hostiles de José Serra sobre revisar los acuerdos (dijo que son “una farsa” y “un obstáculo”) enderezando los objetivos hacia la “flexibilización”-como él lo llama-, dejando en mínima expresión los instrumentos de integración económica, política y social, llegando a un punto tal de quedar –en el mejor de los casos- como una referencia en los discursos, pero eliminados en la práctica. Como bien se ha comentado, los sectores más retrógradas y reaccionarios de nuestro continente han escuchado y acogido con alborozo estas declaraciones, a tal punto que la revista América Economía lo presenta: “José Serra reafirma que no quiere que Brasil continúe en el Mercosur”.

Lo que se festeja es lo que llaman “flexibilización” y la virtual desaparición -por inacción- de instituciones alrededor del Mercosur, dando papel relevante a todo tratado de libre comercio. Si algo ocurriera de lo sostenido por el régimen interino brasileño y su canciller, un

paso decisivo y estratégico se habría dado por EE. UU.: estaría acorde con el sentido de desmontar toda estructura independiente que escape a su control y beneficio.

Esos esquistos de la derecha latinoamericana, refractarios y minoritarios, no perciben ni entienden más allá de aquello que les resulta evidente y beneficioso y comprenden el término integración como un simple y vulgar aumento del comercio, carente de contenido político. Cuando coloca a uno de los suyos en el gobierno y se cumplen sus principios de clase, proclama sus beneficios como si fuesen los del país.

Si repasamos los anhelos de esta derecha que nos va llegando, sospechamos con cierta lógica que aquello que en un momento dimos como enterrado en la IV Cumbre de las Américas, en Mar del Plata 2005, resucita y aunque no se llame ALCA intentará cumplir idéntico propósito, iniciando con los métodos extrarregionales para solucionar los contenciosos entre un Estado y empresarios extranjeros, para seguir con los clausulados que se propongan y suscriban acerca de propiedad intelectual.

Con la esperanza que nada de lo descripto ocurra, confiemos en que la sensatez acompañe a los gobernantes y que admitan como Tabaré Vázquez que “Podemos tener alguna negociación comercial siempre que no vulnere el corazón del Mercosur”: hacemos votos para que el primero en practicarlo sea el canciller del Uruguay.

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