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Por: Susana Tesoro

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Medio siglo y trece años atrás, nuestros padres o hasta nuestros abuelos, estaban en plena juventud. ¿Cómo era la vida entonces en la isla de Cuba? Para un grupo reducido las posibilidades económicas eran desbordadas y la cotidianidad apacible. Pero la mayoría de este pueblo solo conocía el hambre, la miseria, el maltrato, el abuso, y los campos de Cuba eran un realengo donde un campesino y su familia no valían nada. Muchos de los jóvenes de entonces no podían quedarse quietos mientras ocurrían estos actos deplorables.

Uno de ellos, Fernando Chenard Piña, bodeguero desde los 20 años, tuvo la osadía de crear el Sindicato de Obreros y Empleados del Comercio de Víveres al Detalle, del que fue su Secretario General y allí organizó una fracción del Partido Unión Revolucionaria Comunista, organización que en aquel entonces era muy perseguida. Luego, sin siquiera saber que formaría parte de la historia, se enroló en un grupo que asaltarían los cuarteles Moncada de Santiago de Cuba y el Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo.

Ya vinculado al Partido Ortodoxo, se dedicó a la fotografía, montó su propio estudio-laboratorio junto a Miguel Oramas, quien posteriormente sería también mártir del Moncada. El joven Fernando además de sus ansias de justicia, tenía otra pasión: la fotografía. Todo se explica, su sensibilidad para captar imágenes estaba unida a su visión de dar valor al testimonio, a la historia, para dejar pruebas documentales de aquellos atropellos a las nuevas generaciones.

En la revista El Dependiente de la que Chenard era fundador, administrador, redactor y fotógrafo, se enfrentó a quienes haciendo falsos alardes de patriotas y defensores de la cubanidad enarbolaban el nombre del Apóstol, y escribió: “Nosotros no hablamos de Martí, sino que a medida de nuestras fuerzas y recursos tratamos de cumplimentar sus postulados: los del respeto, los de la justicia y los de la defensa de todos los olvidados”.

Chenard protegió como sindicalista y periodista a los trabajadores de su sector, no sólo hacía las fotos sino escribía artículos de denuncia, hizo de su cámara un arma con la que dejó constancia gráfica de los desmanes de la dictadura de Fulgencio Batista. Un ejemplo, entre muchos, fueron las imágenes con las que apoyó la acusación hecha por Fidel en febrero de 1953 de la destrucción del estudio del escultor José Manuel Fidalgo Rodríguez, un artista revolucionario que militaba en el Partido Ortodoxo y había modelado estatuillas del Apóstol al pie de las cuales se leía la frase: “Para Cuba que sufre”, dichas estatuillas eran vendidas a 5 pesos para recaudar fondos para la lucha. “Gracias a Chenard, bravo y audaz colaborador de la Revista Bohemia —escribió Fidel—, hemos obtenido pruebas irrebatibles, pese a la ocupación militar del local y a la intransigente negativa de darle acceso a la prensa”.

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Con la finalidad de engrosar los fondos de la acción armada que se preparaba en Oriente, Chenard solo se quedó con una cámara, vendió su estudio fotográfico para entregar el dinero a Fidel y contribuir así a la lucha.

“Era un hombre íntegro y disciplinado, cuenta Pedro Trigo. Lo conocí mucho, era un compañero cercano a mí, estuve con él en varias acciones. Recuerdo que una vez Juan Martínez Tinguao, consiguió una ametralladora cuando nos preparábamos para la hora cero. La escondió en un cajón de herramientas en el cementerio chino, ahí en la avenida 26, entonces Fidel me da la orden de ir con Fernando Chenard a buscar la ametralladora, y fuimos para allá de noche al cementerio con un sigilo tremendo, pues temíamos que los esbirros nos siguieran, luego supimos que detrás de nosotros sin que lo viéramos, iba Fidel Castro, Fidel siempre nos cuidó, estaba pendiente por si una perseguidora nos apresaba.

“Llevamos la ametralladora para mi casa, y cuando estábamos a salvo nunca olvidaré el abrazo que Fernando me dio mientras me decía: ¡Hermano, misión cumplida!. Después vino Pedro Miret a casa y reparó el arma, que tenía algunos problemas, y se la llevó para unirla a las demás.

“Fernando Chenard hubiera sido un fotógrafo de prensa muy bueno, porque tenía ese sentido del valor testimonial de una foto, recuerda Pedro Trigo, su compañero de lucha.

“El trataba de guardar en fotos lo que consideraba importante, sobre todo lo que suponía un elemento para denunciar al batistato. Tenía un laboratorio fotográfico, no ejercía el periodismo, pero se puede decir que cumplía una labor periodística con sus fotos”.

“Era un muchacho, parecía más joven que su edad, y tenía una chispa increíble, estaba siempre atento a cualquiera de los desmanes de la tiranía para archivarlos en su cámara. Y si no podía lograrlo su frustración era muy grande, afirmó Pedro Trigo, y te contaré una anécdota que por repetida y  publicada no deja de ser histórica:

“A pocas horas del asalto, ya en Santiago de Cuba, las células de La Ceiba, organizada por Chenard, y la de Calabazar que él dirigía, nos alojamos en una casa de la calle Celda No. 8 donde había unos 40 catres. Antes de acostarse, el joven fotógrafo le pidió a Trigo que le recordara la cámara que iba a guardar debajo del catre, porque Fidel quería tomar fotos de todos en la Granjita, antes de salir a la acción. En la medianoche con mucho apuro Renato Guitart se apareció para llevarnos a la Granjita Siboney, y cuando ya los combatientes estaban impuestos de su misión y armados, Fidel le solicitó a Chenard que hiciera la foto de todos los combatientes, pues esa sería una histórica imagen de la lucha por la libertad de Cuba.

“Fernando se desconcentró, y de repente muy contrariado le dijo a Fidel: ‘Jefe olvidé la cámara debajo del catre, eso nunca me había ocurrido antes’. Fidel dijo: ¡Qué pena esta hubiera sido una foto histórica!”

Todo esto ocurrió en Villa Blanca, que así se llamaba la finca que pasó a la historia con el nombre de Granjita Siboney: En este lugar no se disparó ni una bala el 26 de julio de 1953. Pero la entrada del portal aun existen evidentes impactos de proyectiles que aún se preservan. En las afueras y dentro de la casa yacían los cuerpos sin vida de varios participantes en el asalto al cuartel Moncada. Los esbirros batistianos fueron los escenógrafos: trajeron los cadáveres asesinados los colocaron de forma tal que pareciera el escenario de un enfrentamiento armado. Entre esos cuerpos inertes estaba el de Chenard.

La exactitud de lo acontecido se conoció en el juicio: a Chenard le habían encomendado avisarles a Raúl Castro Ruz, en el Palacio de Justicia, y a Abel Santamaría, en el Hospital Civil, que Fidel había ordenado la retirada, pero no pudo lograrlo, fue apresado torturado y vilmente asesinado.

Dos días antes se había despedido de su familia con el pretexto de un viaje. Como sus compañeros, no dudó en dejar atrás sus afectos más entrañables y en arriesgar lo más preciado, su vida, para entregarse a la lucha.

Saber quiénes eran estos bisoños combatientes renueva nuestra capacidad de imaginar el futuro. Ahora me pregunto qué hubiera sido Fernando Chenard Piña de  no haberle sido arrebatada su juventud. ¿Sería un renovador del comercio, un combatiente, un fotógrafo, un periodista? Me inclino a pensar que su pasión por la fotografía lo hubiera llevado a engrosar las filas de tantos y tantos artistas cubanos que a través del lente captan las injusticias, los desmanes, las bellezas, la justicia y tantas obras que gracias a él, entre otros, disfrutan las actuales generaciones. Yo no lo imagino de otra manera que como un reportero con una cámara en ristre listo para cualquier batalla.