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Tomado de:CubaSí
Todos en Cuba conocemos a Fidel, porque tuvimos la grandísima suerte de que viviera entre nosotros

Una vecina me preguntó esta mañana y le conté enseguida que durante el Segundo Congreso de los pioneros estuve muy cerquita de Fidel, a solo dos butacas en el Carlos Marx, siendo estudiante de Periodismo mi maestra Bárbara Vasallo me permitió el privilegio de compartir con ella la transmisión en vivo para la Agencia Cubana de Noticias del discurso con que el Comandante en Jefe inauguró el Museo a la Batalla de Ideas en Cárdenas.

Ya graduada estuve en una fiesta con él, lo escuché embelesada explicarnos sus visiones de la Revolución energética y pude suponer el seductor irresistible que habría sido a los veinte aquel hombre de casi ochenta que miraba a los ojos a una profe con muchas preguntas y le decía: “mujer de poca fe”. Probamos el whisky de su vaso, éramos un grupo de amigos jóvenes, inquietos y queríamos “moléculas” de Fidel.

Sin embargo, no son esos episodios breves los que me llevan asegurar que lo conozco, sino el hecho de que no logro recordar cuándo fue la primera vez que vi a Fidel, como no recuerdo la primera vez que vi a mis padres o a mis abuelos, yo llegué y él estaba allí, crecí con su impronta, aprendí a quererlo, admirarlo, respetarlo,  con la misma naturalidad de un familiar cercano, hoy lo despido con la misma tristeza.

Mi hermano y yo sabemos casi de memoria la carta de despedida del Che porque mi mamá la repetía letra a letra desde que éramos niños: “me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios.”.

También con mi madre practiqué hasta memorizarlo el Poema pioneril de los Relevos: “Fidel es un gran árbol, nosotros, los pioneros, somos el semillero de su vida”  y en un recorte de periódico me trajo ella misma  los versos en que el Che lo convida: “Vámonos, ardiente profeta de la aurora…”

Cuando comencé a estudiar en La Habana mi abuelo Wamba, mi abuelito guajiro, me pidió que si veía a Fidel le agradeciera en su nombre porque, me aseguró: “Fidel es muy bueno”.  Mi abuela Raquel, la que nació en Tampa, murió en Cuba, sin más militancia que el “fidelismo”.

Yo lo conocí y tú también, terminé diciéndole a mi vecina, hasta nuestros hijos, que más bien lo han visto  en maga de camisa o mono deportivo, aconsejando al mundo con esa barba blanca y esos dedos largos y esos ojos profundos, de abuelo sabio, pero lo reconocen en cualquier foto: joven, de verde olivo, en medio de la Sierra.

Todos en Cuba conocemos a Fidel, porque tuvimos la grandísima suerte de que viviera entre nosotros, como en aquel poema de mi infancia “eternamente joven, de piel blanca, piel negra y piel mestiza”,  multiplicado…