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Por: Camila Moreno

No me siento triste por la muerte de Fidel y si alegre por la oportunidad que tuvimos los jóvenes cubanos de tenerlo, de seguirlo, de formar parte de esas grandiosas ideas y proyectos que muestran un profundo amor por el ser humano.

De crecer con valores que muestran su entereza cómo revolucionario y que hace que todos desde niños deseáramos ser cómo él, un hombre justo, fiel a sus principios, solidario con los pueblos que lo necesitan y defensor de los necesitados.

El apoyo al deporte, reflejado en su pasión por el béisbol, sus palabras de consuela para los víctimas de los jueces en eventos internacionales, su sonrisa cuando los atletas le entregaban las medallas. Las palabras de Ronaldo Veitía son ejemplo de su cariño y dedicación a los entrenadores deportivos y atletas que se sienten orgullosos de dedicarle su triunfo a nuestro Comandante.

Para nuestro Comandante la cultura era algo transcendente que debía ir junto a la revolución, su amor por la música, su respeto por el arte, que irradia en músicos como Frank Fernández, los integrantes de Buena Fe.

Su pensamiento nos invade y prepara para un futuro, la habilidad de vencer con las ideas como herramientas, su análisis de las problemáticas mundiales, siempre buscando la esencia del fenómeno. Uno de sus grandes legados fue enseñarnos a pensar y defender nuestras creencias.

Una figura carismática, humilde y un ejemplo de solidaridad e internacionalismo, que el mundo no puede olvidar. Su obra perdura en el tiempo y será más fuerte cada año que pase.