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angel

Por: Fabio Urquiola González

Era un ángel de luz cegadora, alas de lucha y un pensamiento eterno y real.

Bajó al mundo no porque lo esperáramos, sino porque quería y era necesario. Poseía el cuerpo de un hijo de Birán con la suerte de vivir tranquilo en un paraíso, pero él, hijo del cielo, veía y sentía el sufrimiento de los que sudan sangre. Para enseñarnos, tuvo que aprender, sembró en si mismo libertad, coraje e ideas de otro ángel; ángel vestido de luto que murió de cara al sol.

Estudio sobre ángeles rojos y páganos, pero su pecado no era más que proteger con su luz a la humanidad sumida por los demonios jerarcas.

Buscó para su ejército hombres de acción, guerreros de luz y plumas de Fénix, que con su fuego iluminaron la ciudad para no dejar morir en su siglo al ángel vestido de negro.

Atacó el infierno para convertirlo en palacio de espejos, dicen que falló, pero no fue así, despertó al gigante humilde que con su voz obligó al tirano a devolverle las alas a las huestes de la luz.

Nuestro ángel entonces subió alto y encarnó el verde olivo y la barba plateada, con su vuelo, trajo los nuevos tiempos y entonces el gigante pudo ver la esperanza de perder sus ataduras.

El tirano escapó pero la misericordia de la luz es infinita y su vida no fue quitada, pero su oscuridad fue extinguida por el fuego, y las cenizas lanzadas al tiempo de los recuerdos que no deben volver.

El ángel entonces comenzó su verdadera tarea, la verdadera Revolución y cumplió. Pasó medio siglo sobre el baúl que encierra los recuerdos de un tiempo de muerte, para que este no se abriera como caja de Pandora.

Hoy el gigante debe sentarse sobre ese cofre, porque el ángel tenía cuerpo humano, mortal y no tiene la infinidad del tiempo a su favor. El ángel se marcha pero va con una sonrisa en su ascenso, nos deja su luz y sus alas. Yo lo saludo al pasar porque nunca lo despediré: “¡Hasta siempre Comandante en Jefe!”