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París. Luego de un vuelo de más de diez horas nos acercamos a Cuba. Regresamos de un intercambio durante nueve días con periodistas de China. Es un convenio de más de veinte años. Llega un correo. Fidel murió. ¿Qué Fidel?

Mira que hay hombres que llevan ese nombre, es en su honor. No lo podemos creer. Él no muere, pero muere. Es Fidel Castro Ruz. ¿Será verdad, mira que lo han tratado de matar más de 600 veces? Mi Fidel está bien , hace poco recibió al Presidente de Vietnam. Pero sí, es el mío, lo dice Cubadebate. Lloro y quisiera que todos en el aeropuerto lloraran.

Hay otros cubanos, estaban en un curso. Llego a ellos, venían contentos, pero les quité la alegría. Hace veintiún días no veían a su familia. Sabían algo, pero no todos los detalles. Les comento sobre el homenaje. Ya no se ríen, no quieren llegar. Yo tampoco, quisiera una máquina del tiempo. Ojalá sea mentira, nunca deseé tanto que los medios manipularan la realidad de Cuba. Pero no puedo evadir esta verdad. Murió, o se fue a buscar otro yate Granma.

Entonces, aunque regresaba a Cuba, mi mente estaba lejos. Recordé los días de Elián y me sorprendí en el estudio de la Mesa Redonda. Fidel sabía que había que informar al pueblo. Por primera vez muchos cubanos supieron lo que era Internet. Fotos, encuestas, los estadounidenses quieren que el niño retorne con su padre.

Luego vinieron otras batallas. Internet está confeccionada para nosotros, reiteró una y otra vez, por eso siempre ese espacio se respetó en la Mesa Redonda, ahora con opiniones sobre la marcha de la actualización de nuestro modelo económico social.

Un día en un almuerzo por una celebración, Dalia, su esposa, me dijo que a él le gustaba mi sección. Me puse más nerviosa que cuando la cámara está en vivo, a pesar de los casi 16 años de trabajo. Recordé cuando en el quinto aniversario de ese espacio Fidel me entregó un Diploma. No se lo dije, pero en silencio al recibirlo, juré serle fiel durante toda mi vida. Mis padres me educaron en su ejemplo y conocerlo me comprometió más.

Las madrugadas para regresar a Elián, sus enseñanzas, los platanitos maduros fritos, que le gustaban tanto y muchas otras cosas, estuvieron en mi mente, durante las casi diez horas para llegar a Cuba.

Recordé sobre el Atlántico, que un día, me preguntó qué estaba haciendo para sutilmente pedirme que colaborara con él en nuevas batallas en la Mesa Redonda. “Estoy en la Upec, Comandante, y puede contar conmigo”. No pasaron muchos días y regresé a ese espacio. Luego vinieron otros momentos donde pude abrazarle. Ya no tenía a mi padre que murió muy joven por la diabetes. No se lo dije, pero me refugié en Fidel. Un día me regañó cuando preparábamos la Mesa. Con mucho cariño. Fue una enseñanza. Mi padre había muerto, pero estaba él.

Cuando fui a China para el intercambio encontré que le querían mucho, nunca imaginé que al llegar a Cuba ya no estaba físicamente. Duele, duele. El cambio de horario por la distancia confunde, pero su desaparición física confunde más.

Yo sabía que no era eterno, pero sus reflexiones o las fotos de las visitas que recibía nos mantenían cercanos a él.

Lo quise mucho, no por estadista, no por lo que significaba para otros, sino porque me refugié en su cariño.

Hay un luto desde el corazón de todo el pueblo en mi barrio. Los más escandalosos no se sienten. Papito, un enfermo por el alcohol, está recogido en su casa. No le importa el vicio, le falta Fidel.

Ojalá nos acostumbremos a no verlo. No sé cómo viviremos sin él, pero viviremos, nos preparó para esto. Pidió que lo cremaran para que a nadie se le ocurriera embalsamarlo. Siempre se alejó del culto a la personalidad.

No sé cómo vivir sin ti, pero te honraré.