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Tomado de La Mala Palabra /Félix Edmundo Díaz 

No existe edad, sexo o filosofía para el llanto. Lloran la niña y el niño, la chica y el chico, la mujer y el hombre, la anciana y el anciano, lloran el católico, el protestante, el abacuá y el santero, llora el pobre, el de la clase media y el comunista, y, en los llantos, el dolor de no tenerlo se multiplica por la impotencia de la imposible resucitación física.

Hoy te escuché otra vez exponiendo tu (ya nuestro) concepto de Revolución y, tras  firmar el juramento de convertirlo en mi filosofía de vida, besé tu frente, ese beso demorado que añoré siempre poner sobre tu piel y que solo podré depositar en las imágenes que guardo.

Te sería increíble imaginar cuantas veces te he besado, abrazado, reído o llorado contigo, lo hice junto a la pionera que, en tu mejilla derecha espantó aquel ‘muá’  que el pueblo leyó en sus labios, y con los niñas y niñas que, ajenos a cualquier razonamiento de seguridad, te zarandeaban y besaban, me deleité, admirando tu inmensidad, cuando aquella mujer anciana, cuya alegría y orgullo no llegó a imaginar,  acariciaba tu brava barba, te abracé con Allende, Bishop, Mandela y con todos los que vieron en ti a un hermano; de Hugo ni hablar, entre ustedes dos no había química, sino la fusión de dos gigantes que con mirarse a los ojos podían sostener una conversación, y las risas todas de ambos, las estruendosas y las cómplices, esas que hoy nos arrancan  del silencio para reír con lágrimas; de risas también recuerdo tus topes con el Pibe y sus bromas y como le anotaste, mientras hacía un  ‘cesto’ con las manos, aquel balón como diciéndole lo mío es el básquet.

No pude llorar contigo la muerte del Che, en mis cinco años apenas entendía que pasaba, pero me dolí por Blas, Carlos Rafael, el crimen de Barbados y Celia, y otros eventos igualmente trágicos que les sucedieron, ya tenía edad para entender el dolor y saber el profundo daño que todo ello te provocaba, pero siempre aparecías y rara vez dabas espacio para hablar de esos sentimientos, de ahí que solo pudiera verte como el receptor de todos los dolores, el que nos amortiguaba los golpes.

Me caí contigo en Villa Clara y otra vez la impotencia por no poder hacer nada multiplicó el sentimiento, te encargaste después de recordarme eventualmente el evento cada vez que discursabas y tu zurda alzaba el índice acusador o cuando sentado, ofreciendo una entrevista, introducías tu mano por dentro de la camisa para palpar el hombro.

Uno de los momentos más lacerantes fue cuando, en la inauguración de la escuelita, propusiste con humildad escuchar la canción El regreso del amigo y, en el dolor, te permitiste compartirnos el sufrimiento que por la muerte  de Hugo tu rostro no podía ocultar.

Como recién dijera un chico de 19 años, se ha ido mi amigo, mi hermano, mi padre, mi abuelo, se ha ido la voz de un pueblo, el pensar de un pueblo, el corazón del pueblo. Por eso lloramos.