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Vladia Rubio/Cubasí

Tres palabras que son pólvora y palomas, y ahora siguen esparciéndose por los cielos de esta Isla mientras Fidel avanza con su Caravana de  la Libertad.

 “Así estamos, consternados, rabiosos aunque esta muerte sea uno de los absurdos  previsibles”. Mario Benedetti

Una voz de miles se abrió paso entre la noche única de la Plaza de la Revolución. Esta muerte, uno de los absurdos previsibles al decir de Benedetti, les había convocado, luctuosos, consternados. De entre el silencio denso fue creciendo de pronto, como esos volcanes que apenas avisan, un rumor que se hizo coro arrollador, potente.

Las voces parecían nacer de lo más hondo del pecho. Niños coreando con voces de hombre; hombres y mujeres repitiendo con el decir de gigantes, ancianos cuyas gargantas parecían haberse sacudido todos los calendarios para hacer brotar vitales las palabras, poderosas.

Eran solo tres que condensaban volúmenes de historia, de convicción. En ellas ardían aquellas llamas que incineraron Bayamo, rutilaba en ellas, aun tibia, la sangre del soldado cubano agonizando en África; se agitaba entre las sílabas la mano breve y feliz de un niño. Tres palabras: pólvora y palomas.

Hace doce años, desde la Tribuna Antimperialista, Fidel  había sentenciado: “En cada jefe político y militar de cualquier nivel, en cada soldado individual, hay un Comandante en Jefe potencial que sabe lo que debe hacer, y en determinada situación cada hombre puede llegar a ser su propio Comandante en Jefe”.

Ahora, aquella frase ha transmutado en realidad. Cubanos de todas las edades, etnias y géneros se saben Comandantes en Jefes y con tan inmensa responsabilidad verde olivo van a verlo pasar  por las calles de esta Isla.

Llevan flores, ojos húmedos, pero les une a todos una complicidad, una certeza: “Yo soy Fidel”.