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Tomado de: Granma

«¿Dónde está Fidel? ¿Dónde está Fidel? ¿Dónde está Fidel?», preguntaba desde el podio el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega Saavedra. Y la Plaza, esta vez multiplicada en las voces de miles de cubanos allí reunidos, coreaba una y otra vez «Yo soy Fidel».

Duele dejarte de ver. Duele ese tránsito hacia la inmortalidad, dice. Pero Fidel está en la juventud. Viene creciendo con los niños. «Está en la conciencia y en el corazón de las mujeres cubanas, de los obreros, de los agricultores, de los técnicos, científicos. Está en la conciencia de ese gigantesco capital humano que forjó: el pueblo comunista de Cuba».

Ortega recuerda ahora el año 1967, cuando vino a Cuba representando al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en ocasión del 4to. Congreso Latinoamericano y Caribeño de Estudiantes. La gran sorpresa fue la invitación a esta plaza, nos sentaron en la tribuna a pocos metros de Fidel. «Y quién acompañaba a Fidel en ese momento como invitado de honor: Salvador Allende, el presidente, héroe de Nuestra América».

Allende habló. Luego Fidel. Entonces el Comandante, que estaba más convencido que nadie en que el camino hacia la liberación pasaba por la lucha armada revolucionaria, daría todo su apoyo a otro luchador, a Salvador Allende. Tiempos terribles en ese largo periodo de dolor de Nuestra América, donde las batallas que se venían librando arrojaban el heroísmo, a la combatividad de los pueblos. Pero era difícil alcanzar las victorias, indica el dignatario.

El presidente nicaragüense también recuerda cuando Fidel y Raúl, y los 82 combatientes que embarcaron allá en México, protagonizaron el milagro de la primera Revolución socialista de Nuestra América y a 90 millas de los Estados Unidos. La batalla del pueblo de Cuba, con Fidel a la cabeza es una batalla para garantizar no solamente la sobrevivencia de la Revolución, sino también el desarrollo económico y social y deportivo del pueblo cubano, rememora.

Se trataba de una batalla desigual, asegura Ortega. El imperio invadiendo, intentando asesinar e imponiendo ese bloqueo criminal, que no es más que un acto que se califica como un crimen de lesa humanidad que debería estar siendo juzgado por la famosa Corte Penal Internacional.

Pero Fidel siguió defendiendo el derecho de Cuba a desarrollarse. En medio de la ley de la selva que impone el capitalismo salvaje siguió promoviendo los principios que Marx, con profundo espíritu humanista, había propuesto para construir aquí en la tierra el paraíso, añade.

Ese lugar, decía Marx, llegará el día en que trancemos con amor; cuando se produzca la transformación del hombre nuevo. Marx así lo apuntaba y así lo fue asentando Fidel. Es cierto, todavía hay camino que recorrer para completar esa obra, no solamente en Cuba, sino en toda la América.

Ortega recuerda a Raúl, y al huracán Juana que azotó a Nicaragua con una fuerza de vientos de 285 kilómetros por hora, destruyendo pueblos enteros. Pero con nuestras capacidades y la colaboración de Cuba, indica, desplazamos miles de hermanos nicaragüenses en varias direcciones. Decíamos: «se puede perder lo material, pero eso se recupera, lo que no se puede perder es la vida y eso lo logramos con la colaboración de los hermanos cubanos que nos envió Fidel».

Rememora otra escena de esos días, en que Raúl, allá en Managua, nos ayudaba en la fase recuperativa. Un día me dijo: «Nosotros estamos para compartir el pan». Esa es la esencia, los valores, la ética, la moral de Fidel hecha pueblo y multiplicada luego en los pueblos del mundo, porque Fidel hoy está más grande que nunca.

El presidente latinoamericano también habla de la desintegración de la URSS y los tiempos difíciles del periodo especial en Cuba. Fidel me invitó en el año 1991 a Santiago de Cuba, y estuvimos conversando sobre las medidas que se debían tomar, señala. En todos esos planteamientos que él hacía y practicaba, no existía la palabra concesión, rendición, sino que se trataba de reafirmar este proyecto hermoso, solidario y socialista.

Ese fue un tránsito heroico, refiere, cómo una pequeña nación prácticamente sola en Nuestra América, con la solidaridad de los pueblos, libró esa batalla. También nos habla del presidente Hugo Chávez, de los inicios de su proyecto bolivariano en Venezuela, y que una vez más, Fidel no titubeó en dar respaldo.

Estamos viviendo un nuevo tiempo en Nuestra América. Con la revolución bolivariana vino el ALBA, obra de Fidel y Chávez, también Petrocaribe y la Misión Milagro; y empezaron a producirse cambios por la vía electoral en toda la región, expresa. Esto permitió que se concretara el sueño de Bolívar, la CELAC.

Lo que el imperio se había empeñado en dividir, para dominar mejor, finalmente nació, dice Ortega al referirse a la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Ha habido reveses, afirma, pero el cambio en América Latina y el Caribe es cualitativo, irreversible, y no habrá amenazas ni sanción, ni bloqueo que vengan a destruir esta unidad latinoamericana y caribeña.

Ofrece su amor infinito, sin claudicaciones, a toda la familia de Fidel, y a toda esa familia que es el pueblo de Cuba, heroico y valiente, y que seguirá defendiendo las ideas del Comandante.