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La dignidad va a quedar como el testimonio imperecedero del ahora extinto líder socialista.

YURI TÓRREZ

En el otoño habanero conocí la isla. Fue en octubre de 2011. Así zanjaba mi obsesión de conocer la cuna de la revolución cubana. Esa obsesión me perseguía desde aquellos tiempos donde mi generación, ávida de utopías, erigía a Fidel y al Che como íconos imprescindibles. Una de las curiosidades que me atraía del país de Fidel Castro era palpar in situ la situación cubana. Antes de mi viaje a La Habana, esas imágenes de Cuba me venían distorsionadas y contradictorias.

Desde los bares habaneros se oían sones o sabrosos ritmos salseros. Era una fiesta: alegría, música, colores, aromas. Esos bares, por estos días, están en silencio. Murió Fidel. Conversando con los cubanos sentía que no solo era el Comandante de la revolución, tenía una dimensión análoga a un sentimiento paternal. “Fidel es el padre de todos nosotros”, me decía una cubana. Y entonces me preguntaba: ¿qué será de esta gente cuando muera Fidel?

Su imagen condensaba ese simbolismo como el último bastión del socialismo; de aquel socialismo que habría logrado la Cuba de Fidel a fuerza de convicción y valentía. Al principio, en el aurora de 1959, para derrotar definitivamente al régimen atroz de Fulgencio Baptista, y luego, en el ocaso de los 80 cuando se desmoronaba el muro de Berlín en señal inequívoca de que los socialismos reales de Europa del Este se venían abajo como si fueran un castillo de naipes, la Cuba de Fidel se atrincheraba dignamente en su revolución. “Hay que tener cojones para resistir todo ese embate del capitalismo y para soportar dignamente el permanente acoso del imperialismo norteamericano”, me decía un viejo amigo comunista.

Y quizás aquí esté el principal legado de Fidel: la dignidad. Como decía en un tuit el periodista uruguayo Víctor Hugo Morales: “Fidel Castro es un amigo al que no pude conocer. En la batalla por la dignidad… murió el mejor de sus soldados”. La dignidad (esa palabra que está en desuso hoy en un mundo convertido en un mercado de cosas e ideas) de la Cuba de Fidel, soportando estoicamente el bloqueo económico norteamericano, es un ejemplo perenne. Los cubanos con los que conversé coinciden en que ese bloqueo inhumano, que mató y mata silenciosamente a miles de personas, es el gran culpable de la crisis económica.

Una frase de Fidel enunciada en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada en septiembre de 1953 condensa el sentido de la palabra dignidad: “Cuando los hombres llevan en la mente un mismo ideal, nada puede incomunicarlos, ni las paredes de una cárcel, ni la tierra de los cementerios, porque un mismo recuerdo, una misma alma, una misma idea, una misma conciencia y una misma dignidad los alienta a todos”. O aquel otro discurso en el mismo juicio: “Nacimos en un país libre que nos legaron nuestros padres, y primero se hundirá la isla en el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie”.

Más allá de cualquier evaluación sobre el sistema económico y político de Cuba, merced a un amplio debate a la luz de los tiempos actuales y, por lo tanto, más allá de cualquier posicionamiento ideológico que se tenga sobre Fidel; a mi juicio esa dignidad convertida no solo en discurso, sino también en práctica política condimentada con heroísmo y grandeza humana sin paragones, va a quedar como el testimonio imperecedero del ahora extinto líder socialista. Quizás por esta razón debemos derramar una lágrima por el hacedor de la revolución cubana y la dignidad latinoamericana: Fidel Castro.