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Desde el seno mismo de la obra revolucionaria que él fundó, de distintos modos se ha dicho que nadie volverá a tener en Cuba la autoridad que décadas de consagración a su pueblo concentraron legítimamente en Fidel Castro. Al vaticinio se suma la comprensión de que se trata de un ser humano cuyos cargos podrán o deberán necesariamente ser ocupados por otros, pero él —de tan excepcional— es insustituible. El propio Raúl Castro, que por méritos propios y de manera constitucional lo remplazó al frente del Partido y de los consejos de Estado y de Ministros, ha proclamado que únicamente un equipo de trabajo podría dar continuidad a la brega que protagonizó el líder cuya existencia física ha cesado.

Pero el requerimiento colectivo ni empieza ni termina en las estructuras gubernamentales y partidistas: concierne a todo el pueblo, llamado a seguir con tanta disciplina como exigencia participativa y crítica, creativa, no como una mera masa obediente, a quienes lo dirijan hoy y en el futuro. Aunque el Comandante respondió, como responde todo ser humano, a condiciones históricas, y en su caso ello resulta especialmente ostensible a la luz de su descomunal relevancia, insistir en considerarlo el líder histórico de la Revolución pudiera limitar la noción de su alcance.

Lejos de agotarse en la historia entendida como pasado, ese alcance es fuerza impulsora que lo sobrevivirá. Fidel continúa siendo, sin linderos frustrantes, el guía por antonomasia de la obra revolucionaria a la que él dio vida entregándole la suya. Pero la capacidad de supervivencia de su legado no sería plena, o pudiera desdibujarse, si se confiara a la inercia, a lo mecánicamente espontáneo. En estos días de duelo Ricardo Alarcón de Quesada, soldado de la Revolución guiada por el Comandante en Jefe, lo ha dicho para una entrevista de la televisión en términos que el autor del presente artículo no podría superar, por lo que intenta reproducirlos de memoria: “A partir de ahora la vida de Fidel está en nuestras manos”.

Sin descartar —hacerlo sería propio de un pensamiento aldeano, mezquino— la contribución que en otros lares se esté en condiciones de aportar o se esté aportando ya, puesto que él personificó al internacionalista en ideas y en actos, la vida que Fidel pueda seguir teniendo, y no solo en Cuba necesitamos que tenga, se encuentra medularmente en manos de su pueblo. A este lo convoca la responsabilidad de cultivar su presencia, más que su memoria, no de modo abstracto o como rito improductivo, sino procurando, día a día, que la patria siga el camino de soberanía y justicia social que él fertilizó con denuedo y sabiduría desde antes incluso de preparar y dirigir los hechos fundacionales acometidos el 26 de julio de 1953.

Con él físicamente vivo nos sentíamos amparados por una fuerza irradiante: por la autoridad política y moral que brotaba de él y no era fruto de formalidades jerárquicas, sino de su indetenible tesón revolucionario, con el cual, al tiempo que actuaba, imantaba a las masas. Tal era, es, la autoridad en la que el pueblo intuía, sabía, que radicaba su poder para propalar hechos e ideas, o frenar —desde sus entornos más inmediatos hasta la nación toda— tendencias o actitudes que pudieran dañar un proyecto cuya legitimidad no se garantiza con la buena voluntad si a esta no la calzan, orgánicamente, los actos que garanticen su eficacia. Menos aún asegurarán su realización los fueros del mercado, los valores imperantes en un mundo donde campean las tentaciones del acomodamiento, modos de vida signados por el individualismo, las ansias de lucro y el sálvese quien pueda.

El proyecto que Fidel fraguó estaría condenado al fracaso si se le separase de la sed de equidad y el fundamento ético heredados conscientemente por él de José Martí, su mentor directo, en quien supo ver —son sus palabras— al “más genial y universal de los políticos cubanos” y al “guía eterno de nuestro pueblo”. Esa es asimismo la estirpe del propio Fidel, revolucionario que, por serlo plenamente, no se conformó con lo posible y se planteó lo imposible.

Así lo hizo Martí al proponerse metas que cualquier pragmático de su tiempo habría considerado inalcanzables: librar a su patria del viejo colonialismo y del sistema de colonización que los Estados Unidos imperialistas se disponían a ensayar en nuestra América, contra el cual el fundador del Partido Revolucionario Cubano se proponía lograr que la independencia de Cuba ayudara a salvar “el equilibrio del mundo”, e incluso “el honor dudoso y lastimado” de la que entonces era potencia emergente y crecía como el monstruo que es.

Atento a las lecciones de Martí, Fidel halló en la obra del Maestro la claridad con que este advirtió que en aquella nación se gestaba a finales del siglo XIX el imperialismo contra el cual esencialmente hizo él todo cuanto hizo y haría, según declaraciones testamentarias suyas: el mismo imperialismo que hoy sigue en pie. Aunque lo administren presidentes de elegante astucia u otros que encarnen una decadencia estilo neroniano —propia de un imperio en declive—, continúa siendo un peligro mayor para la humanidad y empeñado en apoderarse de Cuba. Que lo haga con agresividad flagrante o con tácticas diplomáticas supuestamente refinadas no pasa de ser episodios de su esencia imperial. Frente a esa realidad continúa aportando luz el pensamiento del Fidel que sabía denunciar a quienes pretendieran pasar por amigos o hermanos sin serlo.

Los desafíos eran y son ingentes. Pero cuando un pragmático —al que no habría por qué negarle necesariamente buenas intenciones— le aconsejó a Martí que no se desperdiciara en los propósitos que había abrazado como programa de vida cuando —según el pragmático— no había en Cuba “atmósfera de revolución”, el revolucionario radical le respondió: “Usted ve la atmósfera; yo, el subsuelo”. También Fidel tuvo la mirada de zahorí necesaria para calar en las honduras de la historia y vislumbrar el porvenir.

Aun si cupiera tal vez reconocer alguna razón práctica en el pensamiento regido por el pragmatismo —sin ignorar que este, en raíces y en proyección, es propio del sistema capitalista—, una realidad contundente se yergue para desautorizarlo desde la base. Gracias a que Martí se planteó imposibles históricos tales, con trincheras de ideas y con una bien organizada guerra de liberación nacional de implicaciones planetarias, y a que Fidel asumió resueltamente esa herencia en su tiempo, existe hoy la Cuba soberana capaz de proponerse construir una sociedad justa.

Fidel puso toda su creatividad política, su fertilidad ideológica, su capacidad de lucha, en camino de dar continuidad, para salvar a Cuba e impedir que el Apóstol muriese, a las metas que este abrazó y las circunstancias, incluida su muerte, le impidieron lograr. A un empeño similar está convocada por la historia, por la vida, la mayoría revolucionaria del pueblo cubano para que su Comandante no muera. Ello significa, entre otras cosas, no renunciar al propósito de que no haya un niño sin aula, aunque para instruirlo, por vivir aislado en las montañas, sea necesario mantener un escuela en la cual él sea el único alumno.

Esa decisión, que abona el futuro de la patria, es parte de una revolución hecha con los humildes, por los humildes y para los humildes, en la senda que Martí señaló, e hizo suya, al echar su suerte con los pobres de la tierra. Nada de eso debe terminar en simple consigna, sino seguir siendo brújula, y también para afirmar ese propósito será fundamental mantener vivo a Fidel.

En general, lo que para el pueblo cubano significa la partida de su líder —precedida por realizaciones que el contexto histórico y deficiencias internas le imposibilitaron a la vanguardia patriótica cubana de finales del siglo XIX consumar— pudiera compararse con lo que para una familia representa la muerte de un padre extraordinario a cuyas autoridad y grandeza se ha confiado la suerte del hogar. Cuando ese padre falta, la familia tiene una disyuntiva: o se resigna a perder el rumbo y a hundirse en el quebranto y la disolución, o sus integrantes se unen resueltamente para elevarse a la continuidad reclamada por el ejemplo heredado del padre.

Solo una disposición tal, que no cabe dejar solamente en manos de gobernantes y funcionarios por muy brillantes y honrados que estos fuesen, le permitirá al pueblo cubano mantener en pie el legado de su Comandante. Se trata de un logro indispensable para seguir el camino gracias al cual llegó Cuba a ser lo que crecientemente ha sido desde el alba de 1959: una honrosa anomalía sistémica en un mundo donde predominan las reglas capitalistas, las fuerzas imperiales. Lograr que Cuba fuera “un país normal” habría sido fácil: bastaba dejarla a merced del mercado y de la voracidad imperialista de la cual su pueblo fue capaz de librarla, guiado por la vanguardia revolucionaria que Fidel condujo y alumbró.

Ese logro sería insuficiente si no se afincara en un funcionamiento que no solo dé a Cuba un erario próspero y sustentable, sino también las condiciones de un país plenamente vivible con un alegría cotidiana que no debilite la necesaria capacidad de sacrificio. Se requiere para ello, a no menor altura que la eficiencia económica y material, una eticidad firme que caracterice a una ciudadanía honrada en su conjunto y en la acción diaria, individual, de sus integrantes, en quienes el afán revolucionario estaría manco sin la correspondiente disciplina en las normas de convivencia.

Fines tales no se conseguirían si se dejara morir el legado del Comandante. Para las metas que él se trazó como base para el bienestar material y moral del pueblo no servirá el pragmatismo economicista, para el que todo puede reducirse a finanzas y saldos. Unas y otros deben tenerse en cuenta, atenderse; pero, si se quiere que sirvan de veras a los afanes de la justicia social y la dignidad humana, no han de considerarse fines, sino requisitos para asegurar la soberanía de la nación y los grandes ideales redentores.

De ahí la importancia de cultivar la pasión con que, frente a la pérdida física del líder, la gran mayoría de su pueblo honra su memoria y expresa la decisión de mantenerlo vivo. Eso reclama que entre todos seamos Fidel, que tengamos como guía de conducta su estatura histórica y política, lo cual sería tonto entender como que cada uno de nosotros las emulará. La cuestión está en que seamos fi(d)eles a su ejemplo, a su obra, a su tesón, a su voluntad de desafiar y vencer imposibles.

Así como para el ateo Ernesto Guevara, otro grande de su estirpe, el “Patria o Muerte” podía repetirse como un “Ave María purísima” en una obra de transformación que une a los llamados no creyentes y a los creyentes, ante la expresa voluntad popular de mantener vivo a Fidel, de conservar activa la brújula de su ejemplo, cabe decir con fuerza de reclamo: ¡Amén!