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Leticia Martínez Hernández/Cubahora

Fidel está en Santiago de Cuba, así de simple, sin palabras tristes como cenizas, féretro, cortejo fúnebre, muerte o despedida. Llegó a Oriente arropado por millones, como el guerrero que regresa a casa con las huellas de sus muchas victorias marcadas en la piel. Llegó triunfante, con la felicidad de haber engendrado un país luminoso.

Recorrió kilómetro, tras kilómetro, por las mismas entrañas de la Isla, y a cada paso encontró su Revolución. Esa dama omnipresente, que estaba en la escuela rural de pocos pioneros, en el inmenso hospital de aquella ciudad, en las cooperativas, en los bateyes, en las universidades, en el niño que se escribió en la frente su nombre, en la mujer que lloró y juró no claudicar, en el campesino que a la vera del camino se puso ceremonioso el sombrero en el pecho.

A su paso volvieron las palomas, como las que revolotearon sobre su cabeza la noche del ocho de enero de 1959 cuando la Caravana de la Libertad “asaltó” a La Habana, como aquella, blanquísima, que se posó en su hombro y dejó pasmados a todos. Pareció entonces que la Revolución nacía bendecida y que Fidel Castro era el elegido.

Ese elegido, que se ganó la cima de altar a golpe de sacrificio y entrega, regresó a Santiago, dicen que a descansar, como si fuera posible dejar en reposo tamaña vida. No quiere bustos, ni estatuas, mucho menos que su nombre se multiplique en escuelas o avenidas. Pero ni siquiera su última orden, esa en la que vuelve a mostrarse inmenso en su modestia, podrá impedir que este país le adore.

Fidel ha muerto y me alivia pensar que donde quiera que esté explota de orgullo por este pueblo que le llora y honra, que le canta, que se cuadra frente a su imagen, que le prende velas, que le jura lealtad, que para aliviar su dolor lo multiplica aquí y allá; ese pueblo que salió a la calle para presenciar su regreso vencedor, que se vistió de negro y rojo, que ondeó banderas, que gritó a todo pulmón su amor, que alzó carteles como aquel hermoso que rezaba: “Fidel, dile a Martí que cumplimos, que tenemos una República con todos y para el bien de todos”.

Este 4 de diciembre —  triste como ningún otro — las cenizas del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana ocuparán su lugar definitivo en el Cementerio de Santa Ifigenia, lugar sagrado de la Patria. Vuelve para encontrarse con Martí, con sus compañeros de lucha, con los valientes de las guerras de independencia. Vuelve con la promesa cumplida de una Cuba soberana, por la que todos ofrendaron su sangre.

Quizás por azar, o no, la religión Yoruba celebra en esta misma fecha a Changó, orisha de la justicia, la fuerza, los truenos y el fuego, que simboliza la intensidad de la vida, la belleza masculina, la pasión, la inteligencia, que a veces se le representa a caballo, como un guerrero. Cualquier semejanza con la realidad, ¿será pura coincidencia?