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Por Carmen Elena Cabrera

¿Quién era esa señora rubia, de pelo lacio, que lloraba sin consuelo al lado de las cenizas del Comandante en Jefe? ¿Por qué su rostro parecía partirse de dolor, mientras dos hombres, altísimos, la sostenían para que no se desvaneciera? ¿De dónde ha salido esa mujer, menuda como el viento? ¿Cómo se llama? ¿Por qué estaba tan cerca de Fidel?

Esas y otras preguntas surgieron en la mañana del miércoles 30 de noviembre, cuando las cenizas de Fidel salieron del edificio del Ministerio de las Fuerzas Armadas para emprender el camino de la libertad que lo llevaría definitivamente hasta la heroica Santiago de Cuba. Porque el líder de la Revolución mantuvo siempre a discreción su vida personal, pocas personas sabían que detrás de aquel hombre inmenso había una mujer también gigante, que por muchísimos años se dedicó a él desde el silencio.

Su nombre es Dalia Soto del Valle y en aquellas jornadas, cuando Cuba se estremecía de una punta a la otra, a ella iba el agradecimiento por cuidarlo con dedicación infinita.