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Por Sofía Reyes
El 22 de diciembre de 1961 se dio a conocer la noticia de la culminación exitosa de la Campaña de alfabetización y por tanto, Cuba era territorio libre de analfabetismo, por lo cual se declaró ese día como el Día del Educador.

Este año los educadores cubanos celebrarán su día, aunque este será un día diferente y con tristeza porque no está físicamente Fidel, que no fue maestro de profesión, pero que fue educador porque instruyó a los hombres que estuvieron a su lado para lograr el triunfo de la Revolución, instruyó un pueblo entero para que saliera delante y para que nadie lo engañara y también a una parte del mundo.

Está la satisfacción de ver las caritas de los niños al decir con “orgullo este es mi maestro”, o cuando un padre al encontrarse a una maestra de la infancia le dice a sus hijos: “Esta es la maestra que me enseñó a leer” y entonces su rostro se ilumina y ella de pronto se hace más grande. Los niños saben quién hizo posible el milagro de la educación gratuita en Cuba para todos y cuando se le preguntan dicen: “Fidel”.

Los maestros cubanos son maestros no por dinero sino porque les gusta, porque aman su profesión, porque creen que es el mejor bien que le pueden hacer a la humanidad, porque no se hallan en otro lugar que no sea en un aula.

Un maestro cubano es como un padre o una madre, que te enseña, no solo a leer y escribir o a sumar o restar, sino también a comportarte en la casa y en cualquier medio social. Él cuida de sus alumnos como sus propios hijos y cuando están enfermos enseguida lo comprenden, porque los ha observado y ya los conoce y sabe que están demasiado tranquilos o intranquilos.

No hay palabra con la cual agradecer a un maestro por su labor diaria con los niños, con los jóvenes o los adultos que continúan sus estudios. Pienso que la mejor forma de agasajarlos es no olvidando este día y poniendo en práctica sus enseñanzas.

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