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Fuente:
Radio Reloj

El 18 de septiembre de 1960 el presidente Fidel Castro llegó a Nueva York para participar, como Primer Ministro cubano, en la XV Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

La delegación que presidía el líder de la Revolución sufriría inmediatamente el acoso de las autoridades norteamericanas que, en primer lugar, le prohibieron trasponer los límites de Manhattan.

Luego, los representantes cubanos fueron obligados a abandonar el Hotel Shelbourne, donde se alojaban, y en señal de protesta decidieron instalarse en los jardines de la ONU.

Pero la solidaridad de la comunidad negra superó aquella maniobra, y Fidel y sus acompañantes fueron invitados a alojarse en el modesto Hotel Theresa, en el barrio de Harlem.

En los anales de la Organización de Naciones Unidas pervivirá aquella visita de Fidel a Nueva York en 1960 para participar en la Asamblea General, no sólo por la extensión del discurso del líder cubano, sino por su valor y enérgica denuncia.

Pero en la oculta memoria de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, la visita del jefe revolucionario de Cuba tiene otra significación, pues como se demostró más tarde, ya en aquella temprana fecha la CIA conspiraba para asesinar al dirigente revolucionario.

Así lo declararía años después, ante un comité senatorial investigador, Michael J. Murphy, quien en aquel entonces era Inspector Jefe del Departamento de Policía de Nueva York, donde está enclavada la sede de la ONU.

Según declaró Michael Murphy, durante la permanencia de Fidel en Nueva York a propósito de la XV Asamblea General de la ONU, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos había preparado unos tabacos explosivos que pondrían a mano del líder cubano, que en aquella época fumaba.

Una noche, en el Hotel Waldorf Astoria, donde tenían su cuartel general los operativos policiales neoyorquinos encargados de la seguridad de los jefes de estado que asistían al cónclave, un agente de la CIA le reveló al Inspector Murphy el plan para asesinar a Fidel con aquellos tabacos.

Bastaría una sola chupada y el tabaco explotaría como una bomba, volando la cabeza del fumador, como macabro artefacto que sólo podía emerger de los laboratorios de la CIA.

El plan de la Agencia Central de Inteligencia para asesinar al máximo líder de la Revolución Cubana durante su viaje a Nueva York en septiembre de 1960, no prosperó, en parte por las circunstancias creadas por las propias autoridades yanquis.

Expulsados del Shelbourne, Fidel y su comitiva encontraron hospitalidad más segura en el barrio negro de Harlem.

Aunque la carencia de escrúpulos de la CIA no le habría impedido llevar adelante el magnicidio en el mismo territorio de Estados Unidos, tal vez la siniestra agencia desestimó el plan por considerar que otro, basado en el envenenamiento de los tabacos, haría menos evidente su participación.

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