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La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA-TCP) debe mirarse como un modelo a escala de lo que América Latina deberá ser antes de finalizado este siglo: una región liberada y vinculada por intereses comunes para la defensa de sus pueblos.

Por Alejo Brignole

Cuando Hugo Chávez y Fidel Castro concibieron el ALBA –fundado el 14 de diciembre de 2004–­ sabían lo que hacían. Cuba y Venezuela inauguraron el gran experimento, que no fue sino esta Alianza Bolivariana que hoy sigue en pie, pues al igual que hacen las células de un organismo vivo, el ALBA comenzó una mitosis gradual. Ambos jefes de Estado iniciaron similar proceso bilógico por el cual una célula se divide en dos y logra reproducirse por sí misma, sin intervención de agentes externos. Crece de manera autosuficiente, efectiva, y sin condicionantes externos.

El resultado esencial de la mitosis –cuando hablamos de biología– es la continuidad de la información hereditaria de la célula madre. Es decir, una continuidad genética. Aplicado al campo político y del pensamiento, diríamos que el ALBA actúa como una auténtica célula en proceso constante de multiplicación, transfiriendo sus ideas, sus oportunidades de crecimiento, su dignidad ante los imperialismos, a toda de Nuestra América, e incluso a otros pueblos hermanos de otras regiones. El ALBA reproduce los genes necesarios para que el organismo soberano de nuestras naciones crezca, se fortalezca y algún día no muy lejano, posea los potentes músculos para doblegar todo aquello que nos limita e intenta socavar.

Si Hugo Chávez no hubiera sido militar, estadista y líder político, quizás hasta hubiera sido un gran biólogo o investigador molecular, pues con el ALBA sabía perfectamente lo que estaba creando: el código genético de nuestra independencia y nuestro desarrollo descolonizado.

Trece años más tarde de su creación, lejos está la Alianza Bolivariana de ser sólo una entidad diplomática declamativa, emisora de discursos contra un sistema mundial asimétrico y deshumanizado. En 2017 goza de excelente salud y produce instancias efectivas y resultados concretos. Al igual que una célula viva, recrea el milagro de formar nuevos mecanismos para un progreso genuino, para alcanzar rupturas formales con todo lo que afecta artificialmente nuestras economías y nuestra identidad cultural.

El Banco del ALBA, la moneda única electrónica –el Sucre, inaugurado comercialmente el 4 de febrero de 2010 con una transacción entre Cuba y Venezuela­– podrían servir de ejemplos. En Nicaragua, gracias a la construcción de plantas eléctricas con el apoyo del ALBA, finalmente se pudieron solucionar los racionamientos en el suministro de energía eléctrica y

los apagones entre la población, que fue herencia del saqueo y la desinversión perpetrada por la empresa española Unión Fenosa. Siempre el expolio y la ambición capitalista como origen de la tragedia humana.

También gracias al ALBA-TCP fueron instaladas tres plantas generadoras que garantizan el 60% de la energía eléctrica en Haití –el proyecto comenzó a ejecutarse en 2007 y en 2009 se hizo efectiva la primera planta donada por Cuba y Venezuela­–. Eso significa que la Alianza Bolivariana resulta además un órgano guardián de la dignidad de sus vecinos, como en este caso de la República de Haití, cuya economía e instituciones democráticas fueron sistemáticamente arrasadas por el intervencionismo estadounidense, sin tregua desde hace más de un siglo.

Podríamos mencionar las Misiones Milagro llevadas a cabo por la Alianza en 31 países, no sólo de América Latina, sino de Asia y África, para asistir a enfermos de la vista, o disminuidos visuales. Más de dos millones de seres humanos ahora disfrutan de una visión adecuada y una vida más plena gracias a lo que se propuso  –y sigue logrando– el ALBA: la dignidad de la sociedad como primer paso para su desarrollo pleno.

Mientras los gobiernos centrales despojan recursos, promueven genocidios, arrasan ecosistemas para mantener sus economías hipertróficas en constante crecimiento y expansión, existen otras ideas, otros esfuerzos y otras voluntades para desandar ese camino necrófilo y construir otro mundo posible.

Chávez y Fidel anduvieron siempre en esa senda. Caminantes que hicieron camino para otros. Y por eso el mundo rico, sus periódicos falaces, sus analistas a sueldo del poder corporativo, no han dejado jamás de criticarlos. Los enemigos de todo lo humano no soportan el ejemplo humanista, pues ese ejemplo los delata, los rebaja a su verdadera condición de detractores del género humano.

A pesar de ellos, el ALBA sigue vivo, y al igual que sus células infatigables, seguirá creciendo y donando su ADN ideológico a todos aquellos que luchamos por un mundo mejor, sin desigualdades ni criminales asimetrías.

No olvidemos, por tanto, que construir el ALBA es construir el futuro de Nuestra América. Es cuidar una vida preciosa que algún día no lejano dará frutos prodigiosos en cada rincón de la Patria Grande. La que soñaron tantos hombres como Chávez y Fidel, Como Martí y como Sandino, cuyos sueños siguen vivos y dan forma al cuerpo libre de una América unida.

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