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por: Editorial La Época

Es redundante hasta el hartazgo decir que estos son tiempos de incertidumbre. Los periodos de crisis revelan quienes somos, en toda nuestra gloria y en toda nuestra miseria. Y es justamente en estos tiempos, en los cuales nada puede prepararnos para lo que viene adelante, cuando son visibles, también, el rostro del enemigo y del aliado. Estos tiempos de incertidumbre pueden darnos algunas certezas. La última Cumbre del Mercosur celebrada en Mendoza, Argentina, se ha unido al coro de voces que buscan la intervención de Venezuela, país que vive una situación dramática, pero que es innegablemente un país soberano. Como era de esperar, la voz de Bolivia sinetizada en la participación de Evo Morales, se pronunció en contra y no suscribió el documento intervencionista.

Los signatarios de la Declaración Sobre la Situación en la República Bolivariana de Venezuela son el resultado de un largo proceso de desgaste progresista y acumulación imperialista. Temer, presidente de Brasil, no puede ser considerado un presidente democrático ni siquiera bajo los parámetros más conservadores de la democracia liberal; Horacio Cartes, presidente de Paraguay, es el resultado indirecto de una nueva modalidad de golpe de Estado impulsada desde los EE.UU. que desvió el curso de la historia en Honduras y en Brasil; mientras que Tabaré Vásquez y Michelle Bachellet son la demostración de lo que es una izquierda claudicante en circunstancias extremas. Ninguna de estas voces refleja el verdadero pensar y sentir de sus pueblos. Y sin embargo, todos se erigen como jueces defensores de la democracia y los derechos humanos.

 Decíamos que Venezuela vive una situación dramática, cuyos peores momentos han revelado que la izquierda latinoamericana aún no ha logrado superar muchas de las prácticas políticas de su tiempo, ni tampoco ha podido elaborar un programa coherente y efectivo para su futuro. Pero ni siquiera esta situación puede justificar la intromisión de Estados extranjeros en la resolución de sus conflictos internos, sobre todo cuando esta intromisión involucra el potencial peligro de un aislamiento comercial que sólo empeoraría los males que estos mandatarios dicen combatir por el bien de las y los venezolanos. Ahora ya no se trata de apoyar o condenar el gobierno de Maduro, sino de respetar la autodeterminación del pueblo venezolano. Solo los venezolanos y venezolanas deben resolver sus problemas y crear el escenario para ello. La Asamblea Constituyente es un buen escenario.

Y por ello, realmente no podemos más que saludar y felicitar la posición del presidente Morales, que no sólo ha demostrado lealtad con un país hermano que acompañó nuestro proceso de cambio en sus diferentes etapas, sino que también demostró ser consecuente en uno de los momentos más difíciles para la ola progresista latinoamericana de las últimas décadas. El apoyo de Morales no debe ser aplaudido como acríticamente como un respaldo incondicional a un Estado con el que se tienen algunas coincidencias ideológicas, pues la ideología es algo que varía tremendamente con el paso de los días, sino por reivindicar el derecho del pueblo venezolano a resolver sus propios problemas sin ningún tipo de presión extranjera y sin avivar las llamas de la violencia que atormentan a la patria de Bolívar. Es decir, debemos aplaudir la posición de Bolivia porque es una posición que defiende el principio de soberanía de los pueblos.

A pocos días de la Asamblea Constituyente convocada por el gobierno bolivariano, podemos estar seguros y tener la certeza de que lo que viviremos en lo inmediato son momentos críticos que cambiarán el rumbo de la humanidad. Si los oprimidos de estas tierras tienen aún la voluntad de seguir adelante, pese a los errores, se sabrá dentro de poco. Como solía recordarnos el Che, volviendo a Martí: “Ha llegado la hora de los hornos, y no se ha de ver más que la luz”.

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