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Querían pelear y el chavismo peleó. El resultado fue inmenso: 8 millones 89 mil 820 votos a favor de la Asamblea Nacional Constituyente. No se lo esperaban los analistas de derecha que pensaban al movimiento de Hugo Chávez contra las cuerdas, casi rendido. Tampoco muchos dentro de las propias filas: años de resistencia, en particular económica, parecían haber desgastado con dureza la fuerza propia.

La jornada electoral fue difícil en varios lugares. La derecha había anunciado que sabotearía los comicios y así intentó hacerlo. Los puntos de ataques se concentraron en algunas zonas en particular: Táchira, Mérida, Lara, Zulia, Caracas. En esos lugares desplegaron un abanico de acciones de violencia: ataque con granadas y armas de fuego a centros electorales, persecución a chavistas hasta en la casa, trancas con grupos armados, volantes intimidatorios, amenazas, barricadas, bombas sobre la policía, incendio de la vivienda de un prefecto, el asesinato de otro candidato. El saldo es grave: varios muertos que la derecha nunca reconocerá como resultado de su accionar.

El objetivo era sembrar un clima de terror, impedir que la gente votara. Las imágenes que llegaron fueron una respuesta contundente: la gente cruzó ríos, evitó trancas, amenazas, y fue a votar. Una de las imágenes más significativas, por su dimensión, tuvo lugar en Caracas, en el centro electoral del Poliedro, abierto para permitir que votarán quienes habían recibido amenazas en sus edificios y urbanizaciones. Fueron miles y miles que, durante el día, y hasta entrada la noche, votaron allí. Gente de zonas de clase media, alta -donde, en el caso de Caracas, se concentraron las intimidaciones- de extracción popular, acomodada, en una muestra de la amplitud social del chavismo.

La violencia desplegada por la derecha no fue de quien avanza, acorrala, y toma posiciones. No, se trató de acciones que caracterizan a quien pierde, tiene desesperación, y sobre todo poca gente. Se vio nuevamente en las calles: el llamado a detener la elección solo tuvo eco en su base social histórica, clasista, minoritaria, que aplaudió la explosión de la bomba que hirió a seis policías -uno resultó quemado en el 80% del cuerpo- y no pudo generar, en el caso de Caracas, más que algunos focos de violencia. Nuevamente, como toda esta semana, lució -al decir de Soriano- triste, solitaria, y final.

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