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Hay que encontrarlo
Vamos por el norte de Gran Cai-mán. Vuela un helicóptero, tomamos medidas, pero sigue su viaje;parece un vuelo de rutina.
El mar se pone cada vez más embravecido.
Pasadas las seis y treinta de la tarde, las olas barren la cubierta. Aho-
ra, en la noche, el sonido de las olas es más impresionante. Hace frío.
¡Qué fortaleza tiene este barco! ¡Cómo ha resistido y cómo todavía
se enfrenta a este mar revuelto! Se han acabado los cigarros, ya no
hay qué fumar. Se rastrea por los rincones y los bultos en busca de
algún cigarro o tabaco, pero no se encuentra nada.
Vamos más apretados, pues por el tiempo que está haciendo to-
dos tenemos que ir dentro. Fidel, el Capitán y el timonel revisan el
mapa. El Capitán orienta que alguien vea si descubre el resplandor
del faro de Cabo Cruz. Ya antes lo había intentado otro, pero como
hay tanto oleaje, se hace difícil la observación. Roque dice que él va
a ver. Sube al techo. El yate da un bandazo, se escucha crujir un palo
y gritan:
—¡Hombre al agua! ¡Que unos miren por un lado y otros por otro!
Se ordena una movilización visual hacia el mar.
—¡Una soga! ¡Una soga! ¡Vean si hay salvavidas!
Solo aparece la soga, la trae Smith en la mano. Muchacho ágil,
fuerte y trabado. Disminuye la velocidad el yate. Van pasando los
minutos. Hay angustia, tensión y preocupación en los rostros.
Gritan:
—¡Roooqueee! iRoooqueee!
Nada. Parece que el oscuro y agitado mar se lo ha tragado, mientras
sube y baja el yate, y a veces parece que las olas le cruzan por arriba.
Cuando el momento es más crítico, Fidel dice:
—¡De aquí no nos vamos, hay que encontrarlo!
Eso nos llena de alegría a todos. Dicho así, detener la empresa que
nos lleva a Cuba, hasta encontrar al compañero. Pensamos en la gran-
deza de aquel jefe que es capaz de arriesgarlo todo por un combatien-
te. En esta empresa no habrá jamás abandonados, no habrá jamás
olvidados.
Vuelven a gritar:
—iRoooqueee! iRoooqueee!
De aquel mar bravío surge una voz apagada:
—iAquí! ¡Aquí!
Es una noche sin luna, y alguien grita que enciendan los reflectores.
Cuando van a hacerlo están rotos, hay que auxiliarse con linternas,
con ellas alumbran.
—¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Lo pasaron de largo! ¡Miren a ver si está
atrás o en los lados!
Mientras, todas las miradas, como reflectores, registran, buscan
en las aguas del mar.
Smith grita:
—¡Aquí! ¡Aquí lo tengo!
Corren a auxiliarlo. El resto aplaudimos, muchos con lágrimas en
los ojos. ¡El momento es sublime!
Ya entra, empapado, en pantalón, sin camisa y con escalofríos.
Después, recuperadas sus fuerzas con la respiración artificial que le
aplicaron, se le oye gritar bajito, con la voz entrecortada:
—¡Viva… Cuba… Libre…! –y con él lo hacemos nosotros.
—¡Pon rumbo al faro! –ordena Fidel al Capitán.
Todos cantamos el Himno Nacional.
Por Juan Almeida Bosque