Etiquetas

, ,

Por:    Roger Landa

No cabe duda, el conflicto venezolano tiene una dimensión geopolítica irreductible a la lógica binaria schmittiana amigo-enemigo. El antiimperialismo es el último bastión de unidad posible para el gobierno encabezado por Nicolás Maduro (sin duda, el presidente elegido bajo la legalidad constitucional en curso). Pero esto no debe llevarnos a reducir la conflictividad social a la simple polarización imperialismo-nacionalismo. Hay más. Las dinámicas de las distintas regiones históricas de Venezuela están sujetas a profundos cambios en las relaciones de poder, y ello incluye los vínculos con los procesos de acumulación global y la medida geopolítica del capital en curso.

Esto nos lleva a plantearnos la factibilidad de una invasión estadounidense a Venezuela. Si bien es cierto que Washington nunca descarta esa posibilidad en su acción como potencia hegemónica, no siempre puede abrir la puerta a una invasión cuando le plazca al presidente de turno. Se necesita una alineación de los factores de poder interno (no pensemos que dentro del imperio más poderoso del mundo todo es homogéneo), así como un panorama geopolítico favorable: dos cuestiones que no están dadas de hecho en el momento actual. Sin embargo, vale la pena revisar las hipótesis en curso. Como toda hipótesis, se trata de tendencias sujetas a procesos de contrastación.

Hipótesis I, invasión y cambio de gobierno. EEUU prepara el terreno de la opinión pública internacional (como lo viene haciendo desde hace varios años) y genera un falso positivo que desencadena la operación militar ya planificada (como de hecho se ha recientemente ensayado en varias oportunidades).

Las fronteras con Colombia y Brasil son los ejes de cerco militar, en especial la primera. La modernización llevada a cabo por las fuerzas armadas colombianas con el objetivo de convertirlas en una fuerza multimisión aún no pueden hacerle frente a la capacidad de la aviación venezolana, por lo que necesitaría apoyo aéreo y terrestre estadounidense (con la consiguiente movilización de tropas hacia Colombia, como presuntamente se hizo). Desde el Mar Caribe y en conjunto con el uso de facto de la base de Manta en Ecuador (cedida de nuevo por Lenín Moreno) se podría crear una zona de exclusión aérea contra Venezuela.

El control de los pasos de entrada por el Mar Caribe desde las bases de Guantánamo en Cuba, la misión de la Minustah en Haití y desde Puerto Rico impedirían la posible llegada de ayuda militar desde Rusia, atizando un probable enfrentamiento en aguas internacionales. La entrada desde Colombia de fuerzas irregulares, y luego de fuerzas regulares buscaría aislar la media luna, con prioridad sobre el Zulia por su salida hacia el Caribe y el resguardo de los campos petroleros allí ubicados. Desde las bases de Curazao (Hato Rey), Aruba (Reina Beatriz) y Bonaire se podría emprender una acción aérea contra Caracas y otras capitales, así como defender la salida y entrada del golfo de Venezuela en el Zulia. Al bloqueo aéreo y el bombardeo de población civil (para crear caos) y puntos estratégicos (como el mismo palacio de Miraflores, y de servicios vulnerables como la electricidad), le seguiría un intento de activar los factores reaccionarios de las Fuerzas Armadas venezolanas para quitar (parcialmente) el apoyo al gobierno, así como declaraciones de factores de oposición (como Juan Guaidó y otros personajes) anunciando la sustitución del gobierno y aceptando la entrada de fuerzas militares extranjeras.

A lo interno, la resistencia militar efectiva tendría que articularse en una resistencia popular (milicias y otros cuerpos populares armados) ante una llegada de tropas estadounidenses y colombianas, en especial en la frontera y en la capital; el apoyo de Nicaragua y especialmente de Cuba sería fundamental en un proceso de resistencia armada. En el sur del país, la entrada de tropas por la frontera brasileña solo sería factible una vez alcanzadas posiciones estratégicas en la frontera colombiana y en la capital. Si el gobierno de Venezuela ve vulneradas sus posiciones en la media luna y la posibilidad de invasión por el sur del país, no dudaría en explotar y dejar inoperante buena parte del parque industrial petrolero de la FAPO (tal y como propuso el constituyentista Fernando Travieso). Lejos de estabilizar el país, con una invasión la conflictividad social aumentaría y podría traer aparejada una guerra civil con la activación del fascismo de amplios sectores de la sociedad civil (incluyendo clases trabajadoras). A nivel internacional, una acción de invasión agudizaría los escenarios de guerra que mantiene Estados Unidos, especialmente en medio oriente y el sur de Asia. Ante la imposibilidad de enviar ayuda militar directamente a Venezuela, Rusia e Irán podrían iniciar una escalada en medio oriente para defender a Siria y desactivar militarmente a Israel.

Hipótesis II, desestabilización interna y cambio de régimen por la fuerza. Con la desmovilización de las FARC-EP, la penetración paramilitar en Venezuela, tan vieja como la misma guerra interna de Colombia, se incrementó de manera notable.

La activación de grupos paramilitares en conjunción con factores reaccionarios de las Fuerzas Armadas Venezolanas es otra carta que está jugando Estados Unidos. Una incursión paramilitar de gran escala debería incluir un ataque a la media luna, con énfasis en Táchira y Zulia, así como un asalto al Palacio de Gobierno para intentar un magnicidio o secuestro del presidente Maduro y parte de la dirección político-militar (como de hecho se intentó con la llamada Operación Jericó en 2015).

La persecución y asesinato de los líderes de la dirección político-militar actual sería inmediata, y se incrementaría a escala insospechada el asesinato de líderes sociales de todos los sectores. Ante un magnicidio o secuestro del presidente y la activación de factores paramilitares y militares, el pueblo no podrá reaccionar como en 2002, cuando el golpe de Estado fue mediático y sin apoyo militar o paramilitar para los golpistas.

Hipótesis III, salida pacífica de la coyuntura, incremento de presiones diplomáticas y de los problemas económicos. La tensión interna continúa y la conflictividad social aumenta toda vez que el Gobierno no logró dar respuesta a los problemas socio-económicos de la población, solo logró contener por momentos la irrupción de la protesta social por medios violentos, ganando tiempo en la búsqueda de soluciones políticas estructurales. A la vez, los factores más reaccionarios que aún mantienen cargos de poder vienen cerrando las puertas a las organizaciones populares más radicales que apuestan por salidas menos vinculadas a la negociación con la burguesía comercial e importadora o las concesiones a grupos bancarios y mafias financieras.

Los triunfos diplomáticos indudables de Venezuela en la ONU y otros espacios le permiten moverse en el terreno de la solución de conflictos internacionales con posturas de negociación favorables. El apoyo frontal de China y especialmente de Rusia, así como de otras potencias regionales, como Irán y Turquía, o potencias diplomáticas como Cuba, le dan un respaldo incuestionable e infranqueable incluso para Estados Unidos.

Las sanciones económicas contra Venezuela escalarán y podrían convertirse en un bloqueo económico real (tal y como lo padece Cuba) en el mediano plazo. Además, los factores reaccionarios internos de la dirección política y militar inmersos en la economía parasitaria y beneficiarios de los ciclos de extracción de plusvalor por la vía de la especulación intensificarán las dinámicas de saqueo y opresión a las clases trabajadoras, lo que a su vez incrementará el proceso de destrucción del tejido social construido durante la Revolución bolivariana, así como de los procesos organizativos para el ejercicio real del poder popular.

En los tres escenarios, el resultado será el aumento de la conflictividad social interna en Venezuela, así como de la tensión diplomática internacional. En los tres escenarios se acrecienta la dominación de las clases trabajadoras y la destrucción de sus procesos de organización social contestatarios y autónomos; incluso de manera no intencional o como efecto indirecto del mismo proceso de defensa asumido por la dirección política actual. En los tres escenarios, el campo político determina los movimientos prácticos del campo socioeconómico, por lo que las disputas políticas harán presión entre la búsqueda de la estabilidad (parcialmente lograda con la constituyente), y la inestabilidad (buscada con la coyuntura actual que tiene en Juan Guaidó el títere de turno). No se ven alternativas claras, no porque no existan, sino porque las propuestas más o menos elaboradas por grupos de base de la izquierda no cuentan con una capacidad de movilización o impacto social como para hacer valer una alternativa político-económica en lo inmediato. No es posible retrotraer a los procesos de movilización de 1998 a 2005, en especial porque existe un desfase entre el proyecto político, la dirigencia actual y los procesos de organización popular. Se avecinan tiempos más difíciles y complejos a nivel social.