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Tomado de: Cambio

Por Javier Larraín

Los hechos ocurridos el miércoles 25 de diciembre de 1991 no resultaron intrascendentes para ningún habitante en el mundo. A través de una modesta alocución televisiva, Mijaíl Gorbachov oficializaba la disolución de la Unión Soviética, lo que desalojaba el sueño de decenas de millones de humildes por construir una sociedad alternativa a la capitalista. Al decir del historiador británico Eric Hobsbawm, culminaba “el corto siglo XX”.

Como era de suponer, no tardaron mucho los políticos, intelectuales y académicos neoliberales en conceder y publicitar unilateralmente el acta de defunción a las ideas de Carlos Marx, Federico Engels y sus seguidores. Se “acababa la historia”, vociferaba un yanqui japonés. Y, disfrutando de esa orgía burguesa, un osado Andrés Oppenheimer, cual prestigioso oráculo tebano, intitulaba dichoso su más reciente libro: La hora final de Castro (1992). (Cabe agregar que es la hora más larga que hayan registrado los científicos hasta el día de hoy).

En medio de aquel vendaval, un respiro: a media mañana del sábado 1 de enero de 1994, pocas horas antes de firmarse el Tratado de Libre Comercio (TLCAN) entre Canadá, EEUU y México, rebeldes indígenas neozapatistas, liderados por el subcomandante Marcos, tomaban por las armas el poblado de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas. Proclamaron la esperanza al grito de: “Para todos todo, para nosotros nada”.

Mientras tanto, y de manera paralela, un infatigable Fidel Castro, acompañado del ya entonces prestigioso y fogueado dirigente siderúrgico brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, auspiciaba un amplio espacio de concertación del conjunto de las fuerzas políticas y sociales de las izquierdas y el progresismo de nuestra América. Así, con el objetivo de socializar experiencias de resistencia y lucha, consensuar ideas y programas, y sobre todo fomentar la unidad de acciones tácticas y estratégicas a escala continental, se daba origen al Foro de São Paulo, en julio de 1990.

En la III edición del Foro, celebrado en La Habana, el viernes 24 de julio de 1993, Fidel Castro aclaraba parte de los propósitos iniciales, aún vigentes: “Derrotar el neoliberalismo sería crear una esperanza para el futuro, preservar condiciones para seguir adelantando, porque el límite de nuestro progreso estará en el capitalismo, y no habrá progreso humano si éste no se propone rebasar las fronteras del capitalismo; pero eso será tarea de otros momentos, no diría que tarea de otras generaciones. Veo aquí a mucha gente joven entre los participantes y pienso que tengan la posibilidad de construir, muchos de ellos, el socialismo en su país”.

Después de casi tres décadas de existencia, con una membresía superior a la centena de partidos políticos y movimientos y organizaciones sociales, y unos cuantos presidentes en ejercicio y otros recién electos (Miguel Díaz-Canel en Cuba, Evo Morales en Bolivia, Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua, Tabaré Vázquez en Uruguay, Andrés Manuel López Obrador en México, entre otros) procedentes y adscritos a los idearios del cónclave, la XXIV edición del Foro de São Paulo retorna a La Habana entre el 15 y el 17 de julio. En el Palacio de las Convenciones de esta capital, delegados de una treintena de países darán pie a las siguientes actividades: Escuela de Formación Política; Reunión Regional de la Federación Mundial de Juventudes Democráticas; Plenaria contra el Colonialismo y por la Solidaridad Antiimperialista; Tercer Encuentro con la Izquierda Europea; Diálogo con las Plataformas, Articulaciones y Redes del movimiento social y popular; y por último, las plenarias Necesidad de la Unidad y la Integración Latinoamericana y Caribeña, y El Pensamiento de Fidel Castro.

Fieles al objetivo fundacional, los organizadores aseguraron preservar el Foro como un espacio de consenso de las izquierdas y progresismos continentales, al tiempo de apoyar las acciones unificadoras que sirvan para, primero, hacer frente a la arremetida oligárquica de la derecha regional —apuntalada por la administración Trump— y, segundo, trazar senderos para volver a cautivar a las grandes mayorías de cada país. Siempre con la mirada puesta en una América Latina y Caribeña integrada y en paz.